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Juan José Paso, pausado como su apellido
 
Murió el 10 de setiembre de 1833. Su mayor virtud, la que le valió una prolongada carrera política fue la ubicuidad y la percepción anticipada del signo de los tiempos. Su apellido lo decía todo: prefería avanzar “paso a paso”, sobre seguro, pero no era ningún conservador.

Quizá por eso, por ser menos impetuoso, estuvo en el candelero durante más tiempo que el resto de los de su generación, malograda tempranamente por las vicisitudes propias de la época en que les tocó actuar. Pertenecía al puñado de hombres que urdieron la Revolución de Mayo, a la mesa chica, la misma que integraron, entre otros, Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Hipólito Vieytes y Nicolás Rodríguez Peña. Los mismos que solían reunirse en la legendaria jabonería y que, más tarde, con los hechos consumados, encontraron en Mariano Moreno un referente capaz de encarnar y sostener las proposiciones más duras. Precisamente Moreno y él –Paso- fueron los dos secretarios de la primera Junta, los cancerberos que vigilarían día y noche al presidente Saavedra. Antes se había lucido en el Cabildo Abierto del 22 de mayo, donde Castelli y él asestaron el golpe de gracia al tambaleante virrey Cisneros. Y le taparon la boca al Obispo Lué.

Era un hombre de leyes, no de armas, y lo suyo era el arte de la política. Tan revolucionario como sus colegas, tenía las dotes requeridas para encontrar el argumento justo, la frase convincente, capaces de destrabar una situación compleja o desarmar al rival en el momento oportuno. Quizá por eso sus colegas lo enviaron a Montevideo, apenas proclamada la junta porteña, a convencer a los de la otra orilla para que también ellos rompieran con la corona española. No lo logró, pero cumplió cabalmente la riesgosa misión.

En la junta fue un soldado de Moreno, al que acompañó mientras el fogoso secretario se mantuvo en su puesto. Después tomó buena nota de los cambios producidos en el seno del poder e hizo un sutil viraje hacia el saavedrismo dominante. No en vano fue el único de su sector, el ala dura de la Revolución, que tras la depuración de abril de 1811 permaneció en la Junta de Gobierno, ahora convertida en Grande. Se sabía en minoría, pero no era el momento de desafiar a un oficialismo aún fuerte; había que esperar. No debió aguardar demasiado; muy pronto Saavedra cayó en desgracia y los acontecimientos políticos se precipitaron. Entonces, desde atrás de bambalinas, movió los hilos hasta provocar la disolución del gobierno que integraba y propiciar su reemplazo por un órgano ejecutivo donde se sentía a sus anchas: el Primer Triunvirato. Sin embargo, la convivencia con los otros dos triunviros no fue pacífica, especialmente con uno de ellos, Feliciano Chiclana, lo que derivó en una crisis que terminó con él fuera del gobierno. Corría el año 1812 y no le quedó más remedio que pasar a la oposición y se convirtió en cabeza de su propio partido, coincidiendo objetivamente con los propósitos de la ascendente Logia Lautaro, que operaba en Buenos Aires tras el regreso de Alvear y San Martín a estas tierras. Algo tuvo que ver con los tumultuosos acontecimientos del 8 de octubre de 1812 que pusieron fin al Primer Triunvirato, reemplazándolo por un Segundo del que Paso, sin ser miembro de la logia, formó parte junto a Álvarez Jonte y Rodríguez Peña. Pese al delicado equilibrio que ensayó, al cabo de unos pocos meses fue el primero en ser reemplazado. Tal parecía que su estrella había dejado de brillar, pero los hechos posteriores indicarían lo contario.

El regreso
Desde un obligado segundo plano, comenzó a tejer, pacientemente, su regreso a las esferas de poder. Debió para eso dar pruebas de su conversión a la nueva política imperante en el Plata, y marchó hacia Chile, comisionado por el gobierno, a cumplir una misión diplomática que terminó abruptamente tras la derrota de Rancagua y la restauración del dominio español de aquel lado de la cordillera. De vuelta en Buenos Aires apoyó el derrocamiento de Carlos de Alvear, entonces Director Supremo, y eso le valió para recuperar parte del espacio perdido. En 1816 fue elegido diputado al Congreso de Tucumán, y hacia allá partió decidido a recobrar protagonismo. No le fue nada mal: gracias a su reconocida pericia, fue designado Secretario de la asamblea que sesionó en la vieja casona y ejerció esa condición hasta el final. De suerte que el 9 de julio de 1816, le cupo el alto honor de leer el acta que declaraba la independencia y rubricarla junto al presidente Laprida. Por aquellos días, compartía la posición mayoritaria de los delegados, inclinados hacia una monarquía constitucional. Cuando el Congreso se trasladó a Buenos Aires, Paso siguió influyendo en todas sus decisiones y participó de la redacción de la Constitución unitaria de 1819 que no tardó en convertirse en piedra del escándalo.

Las horas que siguieron, de alto voltaje, lo tomaron mal parado. En medio de la fuerte disputa con los caudillos del Litoral, el gobierno central zozobró y durante esas semanas azarosas fue a dar a la cárcel, junto a otros diputados bajo el cargo de traición. Sin embargo se las arregló para zafar rápidamente de la incómoda situación y en 1822, con las cosas más calmadas, integró la Legislatura de la provincia de Buenos Aires junto a lo más granado de la clase política de su tiempo. Puesto nuevamente en carrera, en 1824 fue elegido diputado por su provincia al Congreso que eligió presidente a Bernardino Rivadavia y sancionó la Constitución de 1826 que, igual que la anterior, resultó repudiada por las provincias. Después la situación se desbarrancó, cambiando radicalmente el tablero político rioplatense: vinieron la debacle de Rivadavia, el interregno de Dorrego y el aciago golpe de Estado de Lavalle, antesala de la llegada triunfal de Juan Manuel de Rosas al poder. Sin participar activamente de ninguno de estos acontecimientos que enrarecieron el clima político al extremo –ya era un hombre anciano para la época-, Paso siguió desde su retiro el curso de la guerra desatada entre unitarios y federales y se pronunció por medio de la prensa a favor de las posiciones federales, pese que Rosas desconfiaba de su persona y lo tenía por unitario.

El final
Para tranquilidad de Rosas, Paso no duró mucho en este mundo, aunque es probable que no hubiera sido un opositor, teniendo en cuenta su capacidad de leer correctamente las relaciones de poder. Retirado de la actividad pública, sus últimos años los pasó en el pueblo de San José de Flores, en la casa paterna, su hogar de toda la vida, donde murió el 10 de septiembre de 1833 a los 75 años de edad. No tenía grandes recursos, al punto que le tocó a su hermano Idelfonso, su inseparable compañero de ruta, pagar el entierro.
Sus restos descansan el cementerio de la Recoleta.