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Independencia, divino tesoro
 
El 9 de Julio de 1816 es sólo una fecha. Muy importante, por cierto, y digna de recordación, pero no es más que eso. Es que la independencia argentina no se logró en un día, sino que fue el resultado de un largo proceso que comenzó con la Revolución de Mayo y se extendió al menos hasta 1824, cuando los españoles perdieron la última batalla en América. Durante todos esos años, hombres como San Martín, Belgrano y tantos otros, ofrendaron lo mejor de sí mismos a la patria.

Desde entonces fuimos independientes y no estuvimos sometidos a ninguna otra potencia extranjera. Ni lo estamos, a escasos dos años de la celebración del Bicentenario. Sin embargo, no siempre el país tuvo el mismo grado de independencia y autodeterminación. Hubo etapas históricas en que la Argentina estuvo más sujeta que otras veces a los factores de poder mundial. Así fue, por ejemplo, entre 1880 y 1929, en que, integrado por completo al llamado sistema internacional de división del trabajo regido por Gran Bretaña, nuestro país fungió como productor de carne y granos. Después de la gran crisis mundial de 1929 se abrió una nueva etapa: se sucedieron los golpes de Estado, alternándose hasta 1983 gobiernos civiles y militares casi en la misma proporción. Se dio entonces una constante: las dictaduras, todas ellas, se mostraron mucho más proclives a resignar la soberanía nacional y acatar los mandatos de las potencias hegemónicas de turno que las administraciones civiles. Desde 1955 y hasta la caída del muro de Berlín en 1989, el país quedó del lado de Occidente, la porción del planeta geográfica e ideológicamente dominada por los Estados Unidos de Norteamérica. En ese período, durante la mayor parte del tiempo la Argentina fue funcional a las estrategias globales trazadas por la Casa Blanca, el nuevo centro mundial de poder, para, según ellos, asegurar la paz mundial y salvaguardar los valores occidentales. Aquí, por caso, en tiempos del Proceso, se aplicó a rajatabla la célebre Doctrina de la Seguridad Nacional, la receta impuesta para aplacar el avance supuestamente comunista en las naciones sudamericanas. Sin embargo, pese a cumplir a conciencia ese rol, nuestro país no obtuvo la debida reciprocidad cuando necesitó del apoyo norteamericano, por ejemplo durante la Guerra de Malvinas en el año 1982. Algo parecido ocurrió durante la década de los 90, cuando la Argentina acató el llamado Consenso de Washington y ejecutó el libreto económico en boga sin que, cuando lo requirió, el Fondo Monetario Internacional y los demás organismos multilaterales acudieran en su auxilio.

¿Somos o no somos independientes?
Como sea, todo eso pertenece ya al pasado. La pregunta que debiéramos hacernos es si hoy día el nuestro es o no un país independiente. La respuesta es que obviamente lo es, al menos desde el punto de vista formal: no existe ninguna sujeción a otra cosa que no sean los tratados internacionales de los que el país es parte, la Constitución Nacional y las leyes que nos rigen. Sin embargo, con eso no basta para proclamarnos independientes del todo. En un mundo interconectado, complejo y desigual como el que vivimos, los parámetros de independencia han cambiado sustancialmente, no son ni por asomo los mismos del pasado. Hoy no resulta suficiente ejercer la soberanía territorial, tener bandera, himno, un ejército y una selección nacional de fútbol. Las relaciones entre naciones y bloques de países hacen necesario que para preservar la autodeterminación, cada país se asegure una adecuada inserción en el orbe, que lo ponga a cubierto del aislamiento y le garantice a su vez una correspondencia comercial y política. Ese posicionamiento internacional, para ser sólido y eficaz, debe estar soportado a su vez por una matriz interna que privilegie aspectos tales como la calidad institucional, el valor del conocimiento y la permanente lucha contra las desigualdades sociales. Sólo así, siendo una nación madura y afirmada en sus principios seremos realmente independientes. Y otra cosa: la independencia no es algo que se consigue de una vez y para siempre, sino que para lucir lozana y rozagante requiere de la atención permanente de gobernantes y pueblo. Como una bella flor.