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Gracias, Belgrano
 
¿Qué es la bandera? ¿Es, apenas, como dice el Diccionario de la Real Academia Española, "una tela comúnmente rectangular que se asegura por uno de sus lados a un asta y se emplea como enseña o señal de una nación, una ciudad o una institución"? ¿O es mucho más que eso, por ejemplo, la representación visual de la patria? Emblema, divisa, pabellón, enseña; de cuántas maneras puede llamársele a lo que es una sola cosa: el símbolo de la nacionalidad, de pertenencia a un espacio definido y con una historia común, distinto al resto del planeta. Porque, dígame: ¿qué otra cosa hay que identifique mejor a un país que su bandera, cualquiera sean sus colores? Nada. Banderas llevaron los cruzados a Tierra Santa, bandera tuvieron todos los imperios y banderas pasean los atletas en las Olimpíadas. Nada más honroso que llevarla, si se hicieron los méritos suficientes. Nada más agraviante que quemarla, cuando las pasiones se desbocan. Porque la bandera es la patria misma. Así de simple. Y, por supuesto, nosotros tenemos la nuestra. Muy linda, además.

La enseña que Belgrano nos legó
El Día de la Bandera se instituyó en 1938 y se eligió el 20 de junio porque ese día murió, en el año 1820, Manuel Belgrano, su creador. La historia que nos contaron de chicos era que este abogado, patriota como pocos, metido a militar, la copió de los colores del cielo y un buen día la izó a orillas del Paraná y entonces tuvimos una bandera.

Nada más alejado de la realidad: nadie sabe con certeza si el 27 de febrero de 1812, cuando pasó eso, brillaba el sol o estaba nublado. Además, no tiene importancia, porque Belgrano tomó los colores de la escarapela, que ya existía también gracias a él, y era efectivamente celeste y blanca. ¿Y por qué se le ocurrió justamente a él, que no era miembro del Gobierno en ese momento, crear una bandera? ¿Le dio un arranque súbito de nacionalismo acaso, o fue por necesidades políticas? Por lo segundo, claramente. Y podría añadirse: también militares. Es que por aquellos días, el ex vocal de la Primera Junta se aprestaba a marchar al Alto Perú, donde ardía la guerra, y la única bandera que tenía a mano era la insignia del rey. ¿Cómo podía mandar a sus soldados a matarse con otros que enarbolaban la misma divisa? Hubiera sido algo surrealista que cuesta entender, si no se aclara que pese a que en 1810 habíamos roto los vínculos con España, la guerra de verdad recién comenzaba.

Porque durante los primeros seis meses la única sangre que corrió fue la de Liniers y otros cuatro fusilados en Córdoba por negarse a acatar al nuevo gobierno. Recién en Suipacha los ejércitos criollos se vieron cara a cara con los españoles. Esa vez ganamos, pero seis meses más tarde nos dieron un durísimo revés en Huaqui, tanto que la revolución quedó al borde de la cornisa. Por eso Belgrano marchaba al norte, para ver si se podía remontar la difícil situación ¿Y cómo iba a emprender semejante campaña sin una bandera? Por eso, y no por otra razón, la enarboló a orillas del Paraná el día que dejó inaugurada las dos baterías que le mandaron a emplazar: Libertad e Independencia.

Y la hizo jurar, antes que tronaran los flamantes cañones que en adelante guarnecerían la ribera santafesina. Obediente y entusiasmado a la vez, Belgrano les escribió a las autoridades porteñas contándoles lo que había hecho y cómo era la bandera que había inventado. "Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola a mano, la mandé a hacer celeste y blanca, conforme los colores de la escarapela nacional", escribió. Y, abriendo el paraguas: "Espero que sea de la aprobación de V.E.". ¡Qué iluso! Los del Triunvirato lo tomaron como una travesura propia de adolescentes y le respondieron que "hiciera pasar el episodio como una muestra pasajera de entusiasmo y ocultara con disimulo la bandera, reemplazándola por la que se usaba en el fuerte de Buenos Aires". Y por las dudas no tuviera, le enviaron una de muestra, amarilla y roja, como la de España. Es que por aquellos días, se seguía con el cuento infantil dado en llamar "la máscara de Fernando", que consistía en hacer como si se siguiera acatando al monarca cautivo de Napoleón, cuando en realidad a nadie se le ocurría volver a caer bajo la tutela española. En ese contexto ambiguo, lo de Belgrano era políticamente incorrecto. Una verdadera temeridad. Además, él no estaba para manejar los tiempos políticos, de eso se encargaban los burócratas que se quedaban en la metrópoli mientras patriotas como Belgrano marchaban al frente.

Por fortuna, el general abogado no recibió aquella carta y prosiguió su largo viaje al Alto Perú. En San Salvador de Jujuy –última parada– el 25 de mayo de 1812, la desplegó en el balcón del Cabildo y recibió la ovación del pueblo. Cuando los del Triunvirato se enteraron, pusieron el grito en el cielo. Esta vez la carta que le despacharon tuvo un tono recriminatorio y directamente lo conminaron a obedecer las órdenes superiores. "La bandera la he recogido, y la desharé para que no haya memoria de ella... Pues si acaso me preguntaren por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria por el Ejército, y como éste está lejos, todos la habrán olvidado y se contentarán con lo que se les presente", contestó Belgrano, harto de recibir órdenes estúpidas. ¿La deshizo realmente? ¿O la conservó para sacarla a relucir dos meses después, cuando dio el gran batacazo de Tucumán? Es que el día de la fenomenal victoria no estaba tan lejos. Y no lo estuvo gracias a que volvió a ignorar las directivas de Buenos Aires y, en lugar de replegarse a Córdoba, como le ordenaron, el 24 de setiembre presentó batalla en Tucumán. Y ganó. Sin bandera, ganó. Y fue tras el enemigo que, vencido, volvía sobre sus pasos. Pero antes sacó de sus alforjas el rectángulo de tela que le habían mandado a guardar y en la ribera del río Salado lo hizo jurar por sus tropas que iban por más, entonadas por el triunfo. Y una semana después le volvió a dar una paliza a los españoles, esta vez en Salta. ¿Quién tenía ahora cara para pedirle que ocultara la celeste y blanca?

Lo que vino después no fue bueno, pero ya teníamos bandera, legitimada en los campos de batalla. Vinieron Vilcapugio y Ayohúma, y otra vez la retirada. A las apuradas, tanto que apenas hubo tiempo para esconder el pabellón detrás de un cuadro, en una modesta capillita de Macha, allá en el Altiplano. Que recién apareció en 1883 y grande fue la sorpresa cuando se comprobó que era blanca, celeste y blanca, con los colores invertidos. ¿Sería la misma que flameó a las orillas del Paraná? Puede ser. Lo cierto es que hubo que esperar hasta 1816, que el Congreso reunido en Tucumán la aprobara oficialmente.

Alta en el cielo
Desde entonces pasaron muchas cosas, y la misma bandera flameó tanto en victorias como en derrotas, la última y más grande la de Malvinas, en 1982. Fue usada por bandos enfrentados dentro del propio país y manchada por sangre de hermanos, y penosamente utilizada por dictaduras que buscaron legitimarse confrontándola hasta el hartazgo con el "sucio trapo rojo" que sólo estaba en sus mentes enfermas.

Más allá de las polémicas históricas que siguen y seguirán acerca de la verdadera tonalidad del azul-celeste, y si las barras originales eran horizontales o verticales; o si, como algunos sostienen no sería más apropiado fijar el 27 de febrero como Día de la Bandera, lo cierto es que la de Belgrano sigue estando allí, alta en el cielo.

A los argentinos de hoy nos toca –además de honrarla– ponerla al tope de cuanto mástil se levante en el mundo. Sin sobreactuar la argentinidad, que a nada conduce, estaría bueno que los colores patrios estén presentes en la ceremonia de entrega de los premios Nobel, en los podios de atletismo, en el socorro a las víctimas de catástrofes.

Gracis, Belgrano, por habernos dado una bandera.