Inicio
Biografía
Contacto
 
 
 
 
 
     
 

OTRAS SECCIONES

Galería virtual
Publicaciones
 

MÁS SOBRE ESTEBAN DÓMINA

Biografía
 
 
 
 
 
  HISTORIA ARGENTINA      
Genocidio y plata dulce
 
Los actos de lesa humanidad cometidos durante la presidencia de Jorge Rafael Videla no fueron el único daño causado al país por la dictadura. Fue el más tremendo, irreparable, pero no el único. También se destruyó la economía nacional. En efecto, la agenda de atrocidades videlistas tuvo como telón de fondo una política económica que arrasó con el aparato productivo, favoreciendo la desnacionalización y concentración de la economía argentina como nunca antes se había visto.

En marzo de 1976, el aparato productivo estaba intacto. Si bien el llamado Rodrigazo del año anterior había impactado en la economía familiar y elevado el nivel de las tarifas, el tipo de cambio y los precios en general, disparando la inflación y afectando el salario real, los niveles de producción y empleo no sufrieron grandes alteraciones y se hallaban en vías de recuperación al tiempo del golpe de Estado.

José Alfredo al Martínez de Hoz, ministro de Economía de la Nación entre 1976 y 1981, fue el mentor de un libreto altamente nocivo para la economía nacional. Los principales pilares de su programa atentaban directamente contra la producción doméstica, particularmente contra la industria y la pequeña y mediana empresa, a la vez que implicaron un cambio cultural profundo y regresivo que desarticuló la matriz productiva de entonces.

En pocas palabras, puede decirse que el plan económico de la dictadura desalentó las actividades productivas, instalando un nuevo paradigma, el de la renta financiera. En efecto, todas las medidas que se adoptaron en ese período apuntaban a consolidar un modelo rentístico basado en los negocios financieros por sobre las distintas ramas y actividades de la economía real. No en vano, el resultado fue la quiebra y desaparición de numerosas empresas y el surgimiento por doquier de bancos y compañías financieras.

El esquema era bastante sencillo: merced a la llamada “tablita” se garantizaba una paridad cambiaria conocida, en tanto que las tasas de interés en términos reales subían sin techo. En semejante contexto especulativo, resultaba suicida endeudarse para producir y, en cambio, un pingüe negocio desinvertir para colocar esa liquidez en el mercado financiero. Lo que dio en llamarse “plata dulce”.

El resultado fue que mucha gente se desprendió de campos, malvendió negocios o lo que fuere para correr a los bancos a poner esos fondos a plazo fijo. La garantía estatal de los depósitos puso a cubierto a los banqueros de zozobras, tanto que el vaciamiento y ulterior quiebra de varias entidades (BIR, Los Andes, Alas, Oddone, del Oeste, etc.) acarreó enormes perjuicios al estado y ninguno a sus irresponsables dueños.

A su vez, al calor de ese monetarismo descarnado, los grandes operadores de acá y de afuera, hicieron formidables diferencias con la llamada “bicicleta financiera”, que significaba ingresar dólares golondrinas al país, convertirlos a pesos, colocarlos a interés y al cabo de un tiempo prudencial efectuar la maniobra inversa, llevándose afuera el capital más los suculentos beneficios obtenidos a riesgo cero. Y vuelta a lo mismo.

El saldo, al cabo de cinco años de gestión de Martínez de Hoz, coincidentes con el mandato de Videla, fue el de una monumental deuda externa, que multiplicó seis veces y media el stock dejado por María Estela Martínez de Perón, con el agravante de que los 45 mil millones de dólares no fueron a parar a la producción sino al bolsillo de los especuladores.

A ese fatídico legado debe sumarse el desmantelamiento de la estructura productiva, la extinción de ramas enteras de la producción nacional y de firmas de larga data, la destrucción de miles de puestos de trabajo y la pauperización de los asalariados.

Entretanto, para mantener contenta a la clase media, se facilitó el turismo y el consumo fuera del país. Eran los tiempos en que muchos argentinos arrasaban los comercios de Miami, acuñando el famoso “déme dos”. Los mismos que volvían ufanos, con los bolsos cargados de electrónica y demás chucherías, mientras nos robaban el país.

Y un perjuicio todavía mayor que todos: la destrucción de la cultura del trabajo y la producción que hizo grande al país y que hasta hoy nos cuesta esfuerzo recuperar.