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Fontezuelas, un motín con sabor a golpe de estado
 
No llegó a ser una batalla. Sin embargo, la sublevación del 3 de abril de 1815 inauguró la irrupción de los militares en la política y sepultó las ambiciones de uno de los personajes más notables de su tiempo: Carlos María de Alvear.

Carlos María de Alvear y José de San Martín llegaron a Buenos Aires en 1812. Ambos venían animados por el mismo propósito: contribuir a la causa independentista, sólo que Alvear tenía el linaje, la fortuna y la vocación de poder que le faltaban al otro. Era, además, el número uno de la logia que en ese tiempo tomó las riendas de la política rioplatense.

A poco de llegar, Alvear fue escalando posiciones hasta que, en enero de 1815, la Asamblea lo nombró Director Supremo en reemplazo de un tío suyo, Gervasio Posadas, que cayó víctima de esa maquinaria devoradora de hombres en que se habían convertido la guerra y el gobierno. El impulso final para llegar al cargo que equivalía a la actual presidencia de la Nación se lo dio la exitosa conclusión del largo sitio de Montevideo y la caída del último reducto de poder español en el Río de la Plata. En realidad, cuando Alvear se puso al frente del ejército sitiador, el fruto de la victoria había ya madurado y estaba al caer. Por eso, poco le costó poner el broche de oro al asunto y calzarse la inmerecida corona de laureles.

Sin embargo, su estrella no tardaría en apagarse. La situación interna y externa de las Provincias Unidas era harto complicada. En Europa, el imperio napoleónico llegaba al ocaso y los Borbones renacían de las cenizas, en tanto que aquí los desaguisados políticos y la lucha entre facciones iban en aumento. La Revolución pasaba por su peor momento y el gobierno central debía prestar atención a varios frentes en forma simultánea. Además de la azarosa guerra que se libraba en el lejano Alto Perú, había un personaje que desvelaba a los hombres de Buenos Aires: José Gervasio de Artigas. El caudillo oriental se había convertido en una pesadilla para los mandamás porteños, a quienes desafiaba enarbolando banderas de autonomía, federalismo e igualdad social. Su influencia no se limitaba sólo a la Banda Oriental –el Uruguay actual- sino que se extendía a las provincias litoraleñas e incluso a Córdoba.

Artigas había sellado una alianza con los gobiernos de esas provincias y cuestionaba la hegemonía de Buenos Aires sobre el resto del interior. Cansados de las andanzas de este gaucho insurrecto, los mandos porteños lo declararon "traidor a la patria" y descargaron sobre él todo el peso de la indignación y el resentimiento. Según ellos, con sus acciones disociadoras, Artigas favorecía al verdadero enemigo, o sea a los españoles.

Altanero y personalista, Alvear decidió apoyarse en el poder militar, repartido por aquellos días entre el Ejército del Norte, que al mando de José Rondeau operaba en el Alto Perú, y el ejército que había sitiado Montevideo, ahora a cargo de Estanislao Soler. El de Los Andes estaba en formación y fuera de su control político. A poco de asumir el poder, Alvear le había propuesto a Artigas que dejara en paz a las provincias ribereñas a cambio de la independencia de la Banda Oriental, pero éste rechazó el ofrecimiento. Se sabía, además, que el flamante Director Supremo operaba para poner a las Provincias Unidas bajo la protección de la corona británica. Para que no cayeran nuevamente en poder de los españoles, decía. Con esa finalidad, despachó a un emisario de su confianza, Manuel García, al Brasil, donde residía lord Strangford, el influyente embajador inglés.

El gobierno de Alvear duró apenas 95 días. Durante todo ese tiempo se vivió un clima de agitación política y social, alimentado por las intrigas palaciegas y el cada vez más alto costo de vida. Para frenar el descontento, el Director Supremo decretó la pena de muerte para los conspiradores e impuso la censura de prensa. Estas medidas no hicieron otra cosa que recalentar aún más el caldeado ambiente, creando las condiciones para la caída del gobierno alvearista.

El motín. Para tomar distancia de la crisis en ciernes, Alvear se trasladó a Olivos, a pocas leguas de la metrópoli, donde permaneció resguardado por parte del ejército. Entretanto, Artigas se aseguraba el control de Santa Fe y se aprestaba a lanzarse sobre Buenos Aires. El Protectorado de los Pueblos Libres, como se autodenominaba la confederación artiguista, crecía en volumen y peligrosidad. Como se dijo, además de Santa Fe, formaban parte de aquella liga Corrientes, Entre Ríos y Córdoba.

Alvear, tocado en su orgullo por la audacia del caudillo oriental, mandó al coronel Ignacio Álvarez Thomas al frente de 1.600 hombres a rescatar el territorio santafesino de las garras del temerario usurpador. Las tropas se pusieron en marcha, pero no llegarían a destino. En el camino, en la posta de Fontezuelas, un paraje cercano a la actual ciudad de Pergamino, se sublevaron. Los oficiales que las comandaban se plantaron, negándose a cumplir las órdenes de Alvear. Consideraban que se debía privilegiar la lucha por la independencia por sobre los enfrentamientos civiles y así se lo notificaron al tambaleante Director Supremo. La proclama lanzada aquel día, 3 de abril de 1815, no dejaba dudas al respecto: "Cuando un pueblo valiente, generoso y lleno de virtudes se ve ajado, oprimido y degradado por la pequeña facción de hombres inmorales y corrompidos que en la actualidad componen y son los agentes del gobierno que representa el general Alvear, es un deber sagrado de sus hijos librar a sus hermanos y compatriotas de los horrores que sufren".

Epílogo
Sin poder militar y sin el apoyo de la logia, que para entonces le había soltado la mano, Alvear quedó en una situación de extrema debilidad política y presentó la renuncia, que la Asamblea aceptó inmediatamente, en tanto que José Rondeau era convocado para hacerse cargo de la vacante. Sin regresar a Buenos Aires, casi en secreto, el ex hombre fuerte se embarcó en una fragata inglesa que lo llevaría a Río de Janeiro. La hora de gloria de Alvear fue efímera y con ella se desvaneció el sueño de convertir a las Provincias Unidas en un protectorado británico. Sin embargo, tras un largo ostracismo, Alvear tuvo su revancha 10 años más tarde, cuando estalló otra guerra, esta vez con el Brasil, pero esa es otra historia...