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Felipe Varela, el que matando llega...
 
Murió el 4 de junio de 1870. Famoso por la zamba que inmortalizó su nombre, es sin embargo uno de los personajes condenados por la caprichosa historiografía oficial.

Pavón fue un duro golpe para los federales. Pero más duro aún fue lo que vino después. Tras aquella memorable batalla que dejó al país en manos de Mitre, sobrevino la arremetida porteña contra los últimos vestigios de la extinta Confederación Argentina. En medio del desbande general, abandonados por Urquiza a su propia suerte, muchos personajes enrolados en la causa federal resistieron al nuevo orden hasta donde pudieron.

Uno de esos personajes era Felipe Varela, que había peleado en Pavón en las filas de Urquiza junto a muchos otros connotados federales de su tiempo. Igual que los demás, no entendió la defección del entrerriano y, al amparo del "Chacho" Peñaloza, prosiguió la lucha contra el porteñismo triunfante. Hasta que, luego del asesinato del caudillo riojano, decidió exiliarse en Chile, donde ya había estado años atrás, sólo que aquella vez escapando de Rosas.

En 1865, cuando Mitre embarcó a la Nación en la Guerra del Paraguay, los viejos federales vieron la oportunidad de entrar nuevamente en acción. El mendocino Videla, los Saá de San Luis, el riojano Chumbita y tantos otros no vacilaron en rejuntar a los gauchos montoneros que erraban sin destino y levantaron en armas sus terruños. Varela, aún en Chile, decidió quemar las naves: puso en venta su estancia catamarqueña, compró fusiles y un par de cañones de rezago y reclutó a unos cuantos exiliados dispuestos a repasar la cordillera.

En suelo argentino ya había estallado la algarada. El debut de aquella fuerza irregular fue promisorio: en dos lances armados –Luján de Cuyo y Rinconada del Pocito–, los renacidos federales dieron cuenta del regimiento de línea mandado por Irrazábal.

En diciembre de 1866, camino a San Juan, Varela lanzó una flamígera proclama que retumbó como un sonoro cañonazo entre la paisanada sometida a las levas forzadas para engrosar el ejército que peleaba en el Paraguay. "Nuestro programa es la práctica estricta de la Constitución votada, del orden común, la paz y la amistad con el Paraguay, y la unión con las demás repúblicas americanas", rezaba aquella proclama en su parte dogmática.

Todo lo demás eran epítetos contra Mitre y la dominación porteña. La impopular guerra de la Triple Alianza era el caldo de cultivo ideal para que la incipiente "rebelión de los colorados", como se le llamó, corriese como reguero de pólvora por las sufridas provincias. A comienzos de 1867, todo Cuyo y el noroeste ardía en llamas.

En poco tiempo, los dos modestos batallones iniciales se habían convertido en un ejército lo suficientemente respetable para que Mitre, concentrado en la guerra lejana, le prestara atención. "Varela transformó los desórdenes cuyanos en una revolución nacional", anotó Félix Luna en Los caudillos. Contrariado, Mitre apeló una vez más al sable de Wenceslao Paunero para poner las cosas en su lugar. Mientras un ejército de más de tres mil hombres bien armados marchaba sobre Cuyo, los insurrectos, soliviantados por los éxitos obtenidos, planeaban extender la sublevación a todo el país e, incluso, reponer a Urquiza en el poder. Claro que esta ambiciosa estrategia no coincidía con la voluntad del morador del Palacio San José, quien no tenía planeado volver a las andadas. Así lo había pactado con Mitre y estaba dispuesto a cumplirlo. Sin embargo, otro entrerriano belicoso sí estaba decidido a apoyar la revuelta: Ricardo López Jordán, el futuro verdugo de Urquiza.

El primer encontronazo se produjo el 1° de abril de 1867 en suelo puntano. Ese día, en el paso San Ignacio, a orillas del río Quinto, la vanguardia mitrista al mando de Arredondo puso en fuga a las montoneras de los Saá.

Pozo de Vargas
Entretanto, Varela, que se desplazaba con sus tropas hacia el norte, cambió de planes y, atravesando raudamente el desierto, retrocedió hasta La Rioja para apoderarse de aquella ciudad que creía desguarnecida. Llegó con hombres y cabalgaduras muertos de sed y se encontró con que los hermanos Taboada, santiagueños aliados de Mitre, le habían ganado de mano y le cerraban el paso. Y pagaría caro aquel error.

En un paraje conocido como Pozo de Vargas, a las afueras de la ciudad, el 10 de abril de 1867, en medio de la nada y bajo un sol abrasador, se produjo el entrevero. Pese a la bravura de sus hombres, que pelearon como leones hasta el límite de sus fuerzas, Varela fue derrotado por Taboada. Allí, además de nacer la mítica zamba, quedó sellada la suerte de la rebelión federal. Tras el duro revés, Varela, infatigable, se dedicó a reagrupar lo que pudo de sus maltrechas huestes para, a partir de ese momento, transformarse en guerrillero y hostigar a los nacionales que habían recobrado el control de la situación. Esa desobediencia le valió el calificativo de "bandido" y cayó sobre sus espaldas la negra fama que lo persigue hasta hoy.
En sus incursiones, que duraron todo aquel año de 1867 y que tenían tanto de osadas como de crueles, Varela asoló la zona cordillerana e incluso llegó a ocupar durante algunas horas la capital salteña. Poco después, acosado por las tropas regulares, abandonó el territorio argentino y se refugió en Bolivia.

Epílogo
Permaneció en Potosí algunos meses hasta que, a fines de 1868, enfermo ya, cruzó nuevamente la frontera y poco después su modesta fuerza fue desbaratada por completo.

Devastado por la tuberculosis y huérfano de apoyo, Felipe Varela pasó a Chile, donde no fue bien recibido por el gobierno de aquel país. La última etapa de su vida fue penosa. Murió en Copiapó el 4 de junio de 1870. Tenía 49 años.

Galopa en el horizonte,
tras muerte y polvareda,
porque Felipe Varela
matando llega y se va.