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Entre Cepeda y el pacto
 
En esta misma época del año, pero en 1859, transcurrió la batalla de Cepeda, librada el 23 de octubre, y el Pacto de San José de Flores, firmado el 11 de noviembre. Parecía que, por una vez al menos, la razón lograba imponerse a las pasiones desenfrenadas, pero fue sólo un espejismo.

1859 La llamada "política de fusión" impulsada pacientemente por Justo José de Urquiza había naufragado en medio de la beligerancia reinante. Hacía tiempo ya que las cosas entre la Confederación Argentina y la provincia de Buenos Aires venían muy torcidas. Pese a los buenos oficios del vencedor de Caseros, Buenos Aires había proclamado su autonomía, desconocía la Constitución sancionada en 1853 y, por supuesto, no acataba al gobierno presidido por Urquiza que tenía su sede en Paraná. De ahí a la erección de un Estado independiente y separado del resto, había sólo un paso y muchos estaban dispuestos a darlo. Claro que del otro lado tampoco había ángeles: los federales duros se salían de la vaina por bajarles el copete a los porteños, cuya prepotencia les soliviantaba el espíritu. Había, además, otras cuestiones en juego, para nada inocentes, como por ejemplo el control de la aduana, que seguía en manos de Buenos Aires condenando al interior a la miseria y el atraso.

Así las cosas, para darle un corte a la situación, a comienzos del mes de abril de aquel año el congreso paranaense dictó una ley facultando a Urquiza a reincorporar a la provincia separatista por las buenas o por las malas. Una especie de ultimátum. Los hombres de Buenos Aires, lejos de arredrarse, tomaron esta ley como una declaración formal de guerra y se prepararon para el enfrentamiento en ciernes. El gobernador Valentín Alsina, un porteñista puro, encomendó a Bartolomé Mitre, que no le iba en zaga, el mando de las tropas. En los meses que siguieron, varias potencias extranjeras –entre ellas Estados Unidos– intentaron a través de sus representantes evitar la contienda armada, pero no tuvieron éxito: las posiciones en pugna eran irreductibles.

Cepeda
La batalla se libró en la cañada de Cepeda, a orillas del arroyo del mismo nombre, en el límite de las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, en el mismo lugar donde en 1820 se había producido un combate que también enfrentó a porteños y provincianos. Como el ejército confederal superaba en número a sus fuerzas, Mitre adoptó una posición defensiva, apoyado en su artillería e infantería, mejor equipadas que las del adversario. Urquiza, en cambio, confiando en la eficaz caballería entrerriana, tomó la iniciativa y lanzó el ataque. Las acciones comenzaron con las primeras luces del día 23 de octubre y se prolongaron por varias horas.

Tan pronto el jefe porteño comprobó que le sería imposible sostener la posición, antes de que cayera la tarde ordenó la retirada. Pese a que muchos de sus hombres fueron tomados prisioneros, logró poner a salvo al grueso de sus tropas, que ese mismo día se reembarcaron en San Nicolás y regresaron a Buenos Aires. Entretanto, a Urquiza le quedó una vez más el camino expedito hacia la capital; sin embargo, como en otras oportunidades, prefirió negociar a tomarla por asalto. Al día siguiente de la batalla, el vencedor lanzó una proclama dirigida a los habitantes de la capital, en la que les recordaba que había ofrecido la paz antes de combatir y de triunfar, agregando: "La victoria y dos mil prisioneros tratados como hermanos es la prueba que os ofrezco de la sinceridad de mis buenos sentimientos y de mis leales promesas". Como lo había hecho después de Caseros, soñaba con seducir a los díscolos capitalinos que, igual que entonces, seguían mirándolo con desconfianza y no lo reconocían como jefe. Cumplido el trámite, avanzó un poco más y los primeros días de noviembre acampó junto a su ejército en las inmediaciones de San José de Flores, al aguardo de los representantes porteños.

El pacto
Los enviados de Mitre no tardaron en acudir a la cita. Pese a que traían como ofrenda la renuncia de Alsina –un personaje recalcitrante para los federales–, las primeras rondas fueron menos promisorias de lo esperado y las deliberaciones quedaron empantanadas durante algunos días. Por supuesto, Urquiza estaba dispuesto a quedarse allí, con sus tropas, todo el tiempo que fuera necesario hasta obtener el acuerdo que perseguía. El 9 de noviembre se reanudaron las conversaciones y esta vez sí, las cosas parecieron enderezarse hacia un entendimiento. Buenos Aires aceptó integrarse a la Confederación y acatar la Constitución de 1853, reservándose el derecho a revisarla. También hubo consenso alrededor del punto más álgido: hasta que se sancionase una nueva ley de aduanas, el gobierno porteño oxigenaría cada mes las arcas exhaustas de la Confederación.
Un par de días más tarde, el 11 de noviembre, se firmó el Pacto de Unión Nacional y quedó sellado el ingreso en pie de igualdad de la provincia de Buenos Aires a la Confederación Argentina. Todos –especialmente Urquiza– se retiraron satisfechos de San José de Flores.

Colofón
Pocas semanas después, en el mes de enero de 1860, la convención porteña revisó el texto constitucional sancionado en 1853 e introdujo algunas modificaciones que a Juan Bautista Alberdi –el padre de aquella obra– le parecieron excesivas. Para él, como para muchos hombres del riñón urquicista, eran demasiadas concesiones a los porteños que, recordaban con acritud, habían sido los derrotados en Cepeda, no los triunfadores. Sin embargo, Urquiza, magnánimo, no se apartó un ápice de su postura y, anteponiendo una vez más la necesidad política de alcanzar la unión nacional, mandó a refrendarlas, cosa que se concretó algunos meses más tarde.

Todo parecía encaminado hacia un final feliz. Derqui había reemplazado a Urquiza en la presidencia y Mitre era por entonces el hombre fuerte de Buenos Aires. Los tres mantuvieron en aquel tiempo un diálogo amable y prometedor, pero fue sólo una ilusión óptica; las diferencias no tardaron en reaparecer y los vientos de guerra volvieron a soplar, sólo que esta vez con mayor fuerza... pero ésa es otra historia.