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El regreso de Perón a la Argentina
 
El 17 de noviembre de 1972 amaneció lluvioso en Buenos Aires. El fuerte temporal que azotó durante todo la noche a la Capital y el conurbano bonaerense había desbordado arroyos, desagües y cunetas. Sin embargo, pese a la inclemencia climática, el avión de Alitalia que traía de regreso a Juan Domingo Perón tocó tierra en el aeropuerto de Ezeiza a las 11 y 20 de la mañana, la hora prevista.

No era un servicio regular, sino un vuelo charter especialmente contratado para uso exclusivo del ex presidente argentino y la comitiva que lo acompañaba, unas 150 personas en total. La integraban, además de la plana mayor del peronismo, personajes destacados del ámbito deportivo, cultural, artístico y científico de la época.

La fotografía tomada apenas el viajero bajó las escalerillas del avión quedó para la historia. En ella se ve a José Ignacio Rucci, por entonces Secretario General de la CGT, cubrir con un amplio paraguas a Perón para que la lluvia torrencial que caía no lo empapase. Un automóvil estacionado a la vera de la máquina trasladó al recién llegado a las instalaciones del Hotel Internacional que en ese tiempo funcionaba dentro de la estación aérea de Ezeiza. Entretanto, uno a uno, los restantes acompañantes descendían del avión y emprendían el viaje hacia la metrópoli.
Gente no había. Es que el gobierno militar había prohibido expresamente la concurrencia de militantes a recibir a su líder y con ese fin se había montado un anillo que impedía por completo el acceso a las inmediaciones del aeropuerto. Para relativizar el paro decretado por la CGT, el gobierno había declarado “jornada no laborable” aquel día.

Desde hora temprana, para burlar el cerco, numerosos grupos de simpatizantes, sobre todo pertenecientes a sindicatos y a la Juventud Peronista, optaron por largarse a campo traviesa, salvando obstáculos y cruzando arroyos con el agua hasta la cintura. No importaba: todo eso y mucho más valía la pena tras largos diecisiete años de espera. Los que transcurrieron desde 1955, cuando Perón fue derrocado por la Revolución Libertadora, hasta ese momento, en que por fin el sueño de miles de peronistas estaba a punto de convertirse en realidad. Por puro empeño, algunos de esos grupos lograron arrimarse a la cerca perimetral de la pista y, desde lejos, aferrados al alambre, pudieron agitar sus brazos y vivar al anciano general que antes de meterse en el interior del automóvil los saludó con su mano. Y les dedicó una de sus clásicas sonrisas, la primera, tras largos diecisiete años.

Luche y vuelve
Las cosas estaban así en la Argentina de 1972: la dictadura militar que había tomado el poder en 1966 iba por su séptimo año y presentaba claros síntomas de agotamiento, acosada por los cuatro costados por levantamientos populares, luchas sindicales y la actividad persistente de la guerrilla. El tercer presidente de facto de ese ciclo, Alejandro Agustín Lanusse, a diferencia de sus dos antecesores -especialmente del primero, Juan Carlos Onganía- era un militar dotado de cierta sagacidad política. Esa mayor capacidad para entender la difícil situación en que se hallaban las Fuerzas Armadas le permitió advertir que era imperioso encontrar una solución política a ese estado de cosas para evitar males mayores. Con ese propósito, la cúpula militar urdió el llamado Gran Acuerdo Nacional (GAN), que era ni más ni menos que una salida condicionada, un plan amañado para que el poder recayera en manos confiables. Que, obviamente, no eran las de Perón ni la del ala dura de su movimiento, sino de fuerzas políticas moderadas comprometidas con el régimen. Un plan harto difícil de concretar teniendo en cuenta el estado de movilización del peronismo motorizado por una juventud politizada que levantaba como bandera innegociable el regreso de Perón al país. El viejo líder residía desde hacía más de una década en Madrid, en el barrio de Puerta de Hierro.

Para poner a Perón en aprietos, Lanusse concibió una cláusula irrisoria, según la cual todo aquel que quisiese presentarse como candidato en las próximas elecciones presidenciales debía fijar residencia en el país antes del 25 de agosto, una fecha tan arbitraria como el espíritu de la norma. El objetivo buscado era acorralar a Perón, quitándole la iniciativa política y despojándolo del manejo de los tiempos como venía sucediendo hasta ese momento.

Perón quedó entonces frente a la encrucijada entre convalidar un antojo de los militares regresando cuando ellos querían o ignorar aquella pretensión y seguir adelante con sus propios planes. Naturalmente, el jefe peronista optó por lo segundo y el plazo se venció tres días después que la dictadura cometiera un baño de sangre en la Base Almirante Zar, en Trelew, donde perecieron fusilados dieciséis guerrilleros.

Lanusse creyó logrado su propósito y proclamó que Perón no volvía “porque no le daba el cuero”, un alarde disfrazado de criollismo. A esa altura, Lanusse y Perón movían sus piezas como dos avezados jugadores de ajedrez, procurando sacarse ventaja uno a otro en una pulseada que, sin embargo, tenía un ganador de antemano.

Le dio el cuero
Lo que siguió fue la preparación del retorno, esta vez decidido por Perón. El largo exilio en tierra española llegaba a su fin: Perón voló a Roma, donde fue recibido por el Papa, y allí abordó el vuelo charter que lo traería de regreso. Durante el viaje, el clima oscilaba entre la euforia y la ansiedad; tanto Perón –que viajaba en la cabina de primera clase junto a su tercera esposa, María Estela Martínez- como el resto del pasaje que colmaba la clase turista no sabían a ciencia cierta con qué se encontrarían cuando la máquina tocara tierra. Nadie confiaba demasiado en Lanusse ni en el resto de los militares. Así las cosas, cuando el piloto anunció que ingresaban al espacio aéreo argentino, algunos comenzaron a cantar la Marcha Peronista, pero a instancias del propio Perón, se coreó el Himno Nacional Argentino.

Aquellas premoniciones parecieron cobrar cuerpo cuando, aterrizado el avión, los mandos militares impidieron al viajero abandonar la estación aérea y lo obligaron a permanecer en una de las habitaciones el hotel. Allí transcurrieron las primeras tensas horas de estadía de Perón en la Argentina, hasta que él  mismo decidió, a riesgo de su vida, salir de allí.

Se dirigió a la casona que lo esperaba en la calle Gaspar Campos, en el partido de Vicente López. Apenas corrió la voz de que se hallaba en el lugar, comenzaron a arribar contingentes de militantes, sobre todo jóvenes, que acamparon en ese tranquilo barrio residencial y dieron rienda suelta a la bullanga. Tras un breve descanso, y sin reponerse del todo del largo viaje y las emociones vividas, Perón comenzó a recibir visitantes. Uno de ellos fue Ricardo Balbín, el jefe de la Unión Cívica Radical, que tuvo que ingresar por los fondos para entrevistarse con su viejo adversario. Por desgracia, esa promisoria semilla de unidad nacional no llegó a germinar del todo.

Después de eso, las cosas se precipitaron. Perón dio forma al Frente Justicialista de Liberación Nacional (Frejuli), designó a su delegado personal –Héctor J. Cámpora- como candidato a la presidencia y puso en marcha la campaña con vistas a las elecciones del 11 de marzo de 1973.

Cumplidos estos pasos, regresó a Madrid, pero esta vez para concluir y liquidar asuntos pendientes antes de emprender el regreso definitivo al país. Que se produjo el 20 de junio de aquel año, tras el triunfo abrumador del peronismo en los comicios.

Empezaba otra historia...