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El gran amor de Sarmiento
 
Es bien sabido que Domingo Faustino Sarmiento tenía una personalidad avasalladora, que defendía sus convicciones con apasionamiento y vehemencia. No era muy diferente en su vida privada; sensible y transgresor, no debe extrañar que mantuviese durante años una relación sentimental que en su tiempo rozó el escándalo.

Aurelia Vélez
La esposa legítima de Sarmiento era Benita Martínez Pastoriza, la madre de Dominguito. Aunque no está fehacientemente comprobado, quedan pocas dudas de que aquel joven que perdió la vida en la guerra del Paraguay era hijo del gran sanjuanino. Sin embargo, no fue Benita la mujer que más amó Sarmiento, sino Aurelia Vélez, hija de su dilecto amigo Dalmacio Vélez Sarfield, con quien mantuvo un romance público hasta casi el fin de sus días. Después de un fugaz matrimonio que terminó en escándalo, Aurelia retornó a la casa paterna y dedicó su tiempo a ayudar a su padre. Más que secretaria, Aurelia era la mano derecha del codificador. Los dos, padre e hija, recluidos en una quinta de Almagro, se pasaron meses trabajando en el Código Civil argentino: él borroneando artículos y ella pasando en limpio aquellas notas ininteligibles. Cuesta imaginar a Aurelia –una mujer inteligente y liberal- transcribiendo los párrafos del código concebido por su padre que reducían a la mujer casada a la misma condición que un menor de catorce años. Pero así eran las cosas en la Argentina decimonónica.

Mientras tanto, la presidencia de Bartolomé Mitre atravesaba su última etapa y Sarmiento se hallaba en Norteamérica, disfrutando de los adelantos y las maravillas del mundo desarrollado.

Aurelia y Domingo eran amantes desde hacía ya algunos años; ambos estaban separados de sus respectivos cónyuges y pese que él le llevaba veinticinco años, ella estaba profundamente enamorada del fogoso sanjuanino. La relación entre ambos había comenzado bastante antes de que Sarmiento se separara formalmente de Benita Martínez Pastoriza. La gota que colmó el vaso fue una carta destinada a Aurelia que cayó en manos de Benita; entonces el tambaleante matrimonio terminó de la peor manera y Benita terminó en los tribunales reclamando alimentos, pero antes de eso, la vida le tenía reservada a Sarmiento otras sorpresas.

Sarmiento presidente
Aunque ella no era una militante política, sino una mujer inteligente que actuaba impulsada por el amor, Aurelia Vélez tuvo mucho que ver con la nominación presidencial de Sarmiento. Ella fue la primera que impulsó aquella candidatura tan pronto se comenzó a hablar de la sucesión de Mitre. Desde Buenos Aires, enviaba regularmente a su novio ausente noticias frescas de la cambiante situación política. El siguiente párrafo pertenece a una de sus cartas: “Urquiza salió ya de su crisálida a trabajar por Elizalde según los elizaldistas, a trabajar por él según los más. La República, diario de librepensadores aquí, ha exhibido un candidato que le doy adivinar; pero como perdería mucho tiempo en ello, le diré que es el Dr. Dn. Vicente Fidel López”.

En poco tiempo, con la ayuda de su apellido paterno, Aurelia se convirtió en lo que llamaríamos hoy una eficaz operadora de la candidatura del sanjuanino. Por cierto, contaba con el consenso y el apoyo de su prestigioso padre.

El propio Sarmiento le reconocía esta condición. En un diario que escribía especialmente para ella, anotó: “hay otra (mujer) que ha dirigido mis actos en política, montando guardia contra la calumnia y el olvido; abierto blandamente puertas para que pase en mi carrera.” Por supuesto, sin nombrarla, se refería a Aurelia.

Durante la presidencia de Sarmiento, cuando la relación amorosa entre ambos era vox pópuli, Aurelia trabajó incansablemente a su lado, aunque sin ocupar ningún cargo público. Todos los días, al finalizar la jornada, el presidente se dirigía en su carruaje a la casa de Vélez, buscando el solaz de la compañía de Aurelia.

Cuando Sarmiento concluyó su mandato presidencial ocupó distintos cargos, hasta que decidió retirarse de la vida pública.

Últimos días en Paraguay
A fines de mayo de 1888, con sus 77 años a cuestas y una bronquitis crónica que lo agobiaba, abandonó la fría y húmeda Buenos Aires con la idea de establecerse en la cálida Asunción. Él mismo dirigía las obras en el lugar donde se levantaría su vivienda. Sarmiento, obsesivo por naturaleza, quería que todo estuviese listo para cuando llegase Aurelia Vélez, quien a su regreso de Europa se había embarcado rumbo a Asunción. “Venga, juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida”, le había escrito Sarmiento, suplicante, a la mujer amada. La esperaba lleno de ansiedad; se había ocupado personalmente hasta de las típicas lamparitas paraguayas, confeccionadas con cascos de naranjas cortadas por la mitad y rellenados con sebo derretido y una pequeña mecha de algodón, para iluminar las mesas del festejo que lo desvelaba. Entusiasmado, le escribía a su amigo José Macías, diciéndole: “Acuérdese que me prometió buscarme una música de flauta, violín, guitarra y arpa. Eso es esencial con lamparitas. No se olvide”.

Aurelia – que por entonces tenía 52 años - llegó sobre mediados de agosto y el domingo siguiente a su arribo se llevó a cabo la ansiada inauguración. A Sarmiento se lo veía feliz como un niño, junto a aquella mujer, a su hija Faustina, a sus nietos y amigos. “La vida es bella”, parecía leerse en la mirada del irascible polemista., entregado en cuerpo y alma a agasajar a sus invitados, especialmente a ella.

Pocos días más tarde, Aurelia regresó a Buenos Aires.
A partir de ese momento los males parecieron precipitarse. El 5 de septiembre se desató una tormenta infernal. Ese día Sarmiento se había excedido en sus actividades, eufórico porque del pozo que había mandado cavar comenzó a brotar agua en abundancia. Gravemente indispuesto, se recluyó en el hotel donde vivía. Postrado en su sillón de lectura, respiraba con suma dificultad y casi no ingería alimentos. Todos los médicos de Asunción que lo examinaron coincidieron en el diagnóstico fatal: caquexia cardiaca.

Su estado empeoraba por horas. Desde Buenos Aires llegaban numerosos telegramas, oficiales y particulares, interesándose por la suerte del ex presidente y deseándole una pronta recuperación, pero nada podría ya cambiar los designios del destino. En aquellas horas terminales, seguramente Sarmiento lamentó no poder estrenar la vivienda que con tanto empeño había preparado. No llegaría a contemplar la fronda chaqueña y el río Paraguay desde la ventana de su dormitorio, como lo había soñado. Tampoco volvería a ver a Aurelia.

Murió el 11 de septiembre de 1888. Aurelia Vélez lo sobrevivió y vivió hasta 1924, pero no volvió a entregar su corazón a ningún otro hombre.