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El Padre de la Patria
 
Para los argentinos, a quienes nos cuesta ponernos de acuerdo en casi todo, San Martín representa una excepción a la regla. Es, sin duda, el personaje más importante de la historia, consagrado por unanimidad como el Padre de la Patria. Sin embargo, este reconocimiento, a todas luces merecido, no le fue tributado en vida, sino que llegó con el transcurso de los años. Por el contrario, más que homenajes, a lo largo de su vida, San Martín recogió frutos amargos.

José de San Martín murió el 17 de agosto de 1850. Había cumplido 72 años, una edad bastante avanzada para la época. Su vida, sin embargo, no fue un lecho de rosas; antes bien, el prócer debió afrontar situaciones difíciles y padeció enemigos implacables. La vida del Libertador se reparte en varias etapas: la primera, unos pocos años, transcurrió en su patria; la segunda, en España, donde se formó como militar y ejerció esa profesión. La tercera etapa, la que lo introdujo en la historia, son los doce años que van desde 1812, cuando regresó a Buenos Aires a bordo de la fragata George Canning, y 1824, año en que junto a su hija Merceditas partió rumbo al exilio. La cuarta y última etapa es precisamente ese largo y penoso destierro que duró veintiséis años, sólo interrumpido por el fallido intento de retorno de 1829. En suma, San Martín vivió gran parte de su vida lejos de la tierra que tardíamente lo adoptó como su héroe nacional. Si se computan su niñez temprana, los años que van entre 1812 y 1816 y el tiempo que permaneció en Mendoza sobre el final de su carrera, la cuenta da alrededor de diez años, bastante poco para un hombre que vivió más de siete décadas. Más curioso aún es ese largo y último período de la vida de San Martín que transcurrió en Europa y que él soportó estoicamente.

El exilio europeo

Primero vivió en Bélgica, donde Merceditas completó su educación. Más tarde se trasladó a Francia, donde, en 1834, tras mandar a liquidar los bienes que le quedaban en América, adquirió una amplia casona en la comuna de Grand Bourg, cercana a la capital francesa. Al año siguiente compró una segunda propiedad, esta vez en el corazón de París. Durante varios años el Libertador repartió su tiempo entre esas dos residencias en compañía de su única hija, Mercedes, casada con Mariano González Balcarce, y de sus dos nietas. Por los visitantes ilustres que lo frecuentaron en su retiro, podemos conocer como vivía. Sabemos, por ejemplo, que se levantaba al alba y él mismo se preparaba el té o café que servía en un mate y sorbía con una bombilla de caña. O que picaba pacientemente el tabaco que fumaba en pipa, de las que tenía toda una colección, o envuelto en chala, a modo de cigarro. Que mataba el tiempo en un taller de carpintería donde pasaba horas practicando el oficio. Pero su mayor placer, además de jugar con sus adorables nietas, era enseñarle trucos y piruetas a un perrito que le habían regalado. El número fuerte, según Vicuña Mackenna, uno de aquellos visitantes, “consistía en fusilarle con su bastón después de haberle condenado como desertor, agudezas que el animal ejecutaba a maravillas siendo el favorito de la casa, hasta que murió de vejez.” Así, plácidamente, transcurrían los días del prócer que, sin duda, añoraría su patria lejana aún cuando se mantenía bien informado de todo lo que pasaba en ella.

Boulogne sur Mer
A comienzos de 1848, el nacimiento del comunismo y el movimiento revolucionario que le siguió y sacudió a Francia persuadieron a San Martín y a los suyos de que lo mejor para ellos era alejarse del clima de violencia que se había instalado en las calles de París. Buscaron entonces un sitio más tranquilo para vivir. En los días previos a la partida, casi como despedida, Mercedes logró convencer a su anciano padre de que posara, por primera y única vez en su vida, ante una cámara fotográfica. Ataviado con una levita de paño de solapa ancha y doble fila de botones, y luciendo un pañuelo anudado al cuello, el viejo general debió permanecer inmóvil durante casi un minuto hasta que su imagen, digna y recia, quedó impresa en la chapa del daguerrotipo. Afortunadamente, esas imágenes vencieron el paso del tiempo y una de ellas se conserva hasta hoy en el Museo Histórico Nacional. San Martín eligió Boulogne porque esa ciudad costera se halla frente a Inglaterra, adonde pensaba trasladarse si las cosas empeoraban en Francia. En Boulogne ocupó junto a su familia los pisos altos de la residencia señalada con el número 105 de la Grand Rue, con cuyo propietario, el abogado Gerard, que residía en la planta baja, el prócer trabó una sincera amistad. Sólo llevó consigo los muebles de su dormitorio, los papeles y documentos de sus campañas militares y el estandarte de Francisco Pizarro, obsequiado por el gobierno del Perú. El resto de sus pertenencias fueron vendidas más tarde junto a la propiedad de Grand Bourg. Los días de San Martín en Boulogne discurrían serenamente. Cuando reinaba el buen tiempo aprovechaba para dar largos paseos vespertinos por la orilla del mar en compañía de sus nietas, Mercedes María y Josefa Dominga. Ambas eran el mayor tesoro del viejo general; con sus ocurrencias le entretenían y animaban, haciendo más llevadera su existencia lejos de la patria. A San Martín no le disgustaba aquella vida; sólo se lamentaba no poder leer y escribir como solía hacerlo en el pasado por la enfermedad de cataratas que lo aquejaba en forma progresiva e irreversible. La intervención quirúrgica a que se sometió había dado nulos resultados; por esa razón, cada vez con mayor frecuencia debía pedirle a su hija que le leyera los periódicos y la correspondencia y escribiera las cartas que él le dictaba y sólo se limitaba a firmar.

El final
A mediados de 1850, la salud del general, que nunca fue buena, comenzó a deteriorarse. Además de las secuelas de heridas y contusiones sufridas en distintos momentos de su carrera militar, padecía de enfermedades crónicas, como úlceras y asma. Cada vez salía menos, acentuándose su natural introspección. Su vida comenzó a apagarse lentamente. Una tarde de agosto que salió de paseo regresó visiblemente descompuesto y debió guardar cama. Un par de días más tarde, el sábado 17, sintiéndose algo mejor, pidió ser trasladado a la habitación contigua para que Mercedes le leyera los periódicos. Allí, rodeado por sus seres queridos y mientras aguardaba la llegada de su médico, le sobrevino una nueva crisis y debió ser recostado en el lecho de su hija. Con sus últimas fuerzas, pidió a su yerno que lo llevara de regreso a su alcoba, donde expiró a las tres de la tarde, la hora en que, según se afirma, se detuvieron las agujas del reloj de la casa. En el testamento, además de legar su sable a Juan Manuel de Rosas, San Martín pidió que su corazón reposase en Buenos Aires. Sus restos fueron repatriados en 1880 y desde entonces descansan en un mausoleo emplazado en la Catedral de la ciudad de Buenos Aires.