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Cuando San Martín no era de bronce
 
En el presente, la figura del general San Martín es tan venerada como indiscutida, pero ¿cómo fue su relación con los demás protagonistas de su tiempo, cuando todavía no había sido consagrado por la historia y tenía tantos rivales como admiradores?

José de San Martín vivió 72 años, de los cuales los últimos veintiséis los pasó en el exilio. Y de los restantes, escasamente trece transcurrieron en el actual territorio argentino. Que descontando la niñez temprana que transcurrió en Yapeyú, se reducen apenas a cinco, los que van de 1812 a 1817. Sin embargo, con justicia, fue consagrado por los argentinos como el Padre de la Patria y su nombre elevado a lo más alto del Panteón nacional. Al bronce. Merecido por donde se lo mire, ese reconocimiento no le llegó en vida, sino después de su muerte, cuando el juicio histórico puso las cosas en su lugar. Mientras tanto, al San Martín de carne y hueso no le faltaron rivales y enemigos. Tuvo de ambos y en buena cantidad. Es que le tocó actuar en un tiempo difícil, dominado por las pasiones y las urgencias; en el que intrigas, deslealtades y actos heroicos se cocinaban en el mismo caldero. Sin embargo, los peores adversarios no fueron los españoles, los contrarios por antonomasia, sino algunos que pelearon de su mismo lado, como por ejemplo el almirante Tomás Cochrane, que lo difamó malamente. O personajes como Carlos María de Alvear o Bernardino Rivadavia que se empeñaron en hacerle las cosas más difíciles. Críticos hubo a montones, incluso entre sus hombres, como Juan Lavalle y Gregorio Las Heras, que terminaron malquistados con él. Por supuesto que tuvo muchos amigos y admiradores. La lista es larga y en ella alternan otros oficiales como Tomás Guido, amigo y confidente; camaradas de armas y de la política como Bernardo de O’Higgins y una legión de caudillos provincianos que compartieron sus ideas y sus luchas: Martín Miguel de Guemes, Estanislao López o Juan Bautista Bustos, por sólo citar a algunos. Y en el retiro, Alejandro Aguado, el marqués de las Marismas del Guadalquivir, que le tributó amistad y apoyo económico en la última etapa de su vida.
Para iluminar ese costado de San Martín, hemos seleccionado algunas celebridades de la historia argentina y que, a su hora y en distintas circunstancias, lo trataron o interactuaron con él.

Con Manuel Belgrano
Hubo un gran afecto entre ellos y una sincera camaradería. Belgrano era el mayor de los dos: le llevaba ocho años. Sin embargo, a simple vista parece lo contrario; tal vez porque uno –San Martín-  tenía la formación militar y la autoridad innata que al otro le faltaba y por eso siempre actuó como un superior. O simplemente porque Belgrano vio en San Martín el liderazgo y el carisma necesario para erigirse en el jefe que aquella guerra azarosa pedía a gritos. Como fuere, Belgrano aceptó ocupar un segundo plano y acató de buen grado el reemplazo al frente del Ejército del Norte dispuesto por el gobierno. “Mi corazón toma aliento cada instante que pienso que usted se me acerca”, le escribió. “Estoy firmemente persuadido de que con usted se salvará la Patria y podrá el ejército tomar un diferente aspecto”: no eran palabras al viento, estaba convencido de verdad que así sería. No se conocían; se conocieron el día en que se dieron aquel abrazo histórico, en una posta salteña. Enseguida compartieron un corto tiempo, el mismo que San Martín tuvo a su cargo el deshilachado ejército derrotado en Vilcapugio y Ayohuma. Después cada uno siguió su camino. Desde Cuyo, donde organizaba el cruce de Los Andes, San Martín apoyó fervorosamente la iniciativa expuesta por Belgrano ante los congresales reunidos en Tucumán, aquello de una monarquía republicana con un príncipe inca a la cabeza. No volvieron a verse en este mundo. En 1820, al tiempo de la muerte de Belgrano, San Martín preparaba la expedición a Lima, último paso de su hazaña continental.

Con Rosas

No se conocieron. Cuando Juan Manuel de Rosas llegó al poder y se convirtió en el hombre fuerte del Río de la Plata y sus alrededores, hacía rato que San Martín se había marchado del país. Sin embargo, la correspondencia que mantuvieron habla de una relación cordial entre ambos y de una mutua admiración. La que Rosas profesaba por San Martín venía de lejos: ya en 1820, el joven hacendado había bautizado “San Martín” a una de sus estancias y “Chacabuco” a otra, en homenaje al Libertador. En 1838, cuando la Confederación Argentina estuvo a punto de entrar en guerra con Francia, el prócer le escribió a Rosas ofreciéndole sus servicios “en cualquier clase que se me destine”, algo doblemente meritorio teniendo en cuenta que residía en tierra francesa. Rosas agradeció el gesto y le transmitió su confianza en que aquella guerra podía evitarse, como finalmente ocurrió. Sin embargo, una situación parecida se reeditó en 1845, cuando la intervención anglo francesa y el combate de la Vuelta de Obligado movieron nuevamente a San Martín a pronunciarse a favor de la posición asumida por el gobierno argentino y, una vez más, Rosas reconoció su actitud. “Sus triunfos son un gran consuelo a mi achacosa vejez”, fueron las palabras con que el viejo general endulzó los oídos del gobernador de Buenos Aires, de quien sobre el final de su vida se consideraba “un viejo amigo”. La prueba de que no exageraba está en la cláusula tercera del testamento de San Martín: “El sable que me acompañó en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido de ver la firmeza con que has sostenido el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que han querido humillarla”. Y así se hizo, para horror de los unitarios.

Con Sarmiento y Alberdi
Los dos pertenecían a otra generación. Una que admiraba a San Martín. Quizá por eso, por la fascinación que despertaba en ellos, ambos quisieron conocer al grande hombre. En 1843, Juan Bautista Alberdi, con 33 años cumplidos, recaló en París. Allí, en casa de un amigo común, se encontró con un San Martín que lo doblaba en edad. La impresión que le causó tener frente a sus ojos al prócer quedó asentada en sus escritos: “¡Qué diferente le hallé del tipo que yo me había formado!”. Y enseguida agrega: “Yo lo esperaba más alto y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado; y no es más que un hombre de color moreno de los temperamentos biliosos”. A ese encuentro le siguió otro, esta vez en la residencia de Grand Bourg, en las afueras de París, donde San Martín moraba junto a su familia. Alberdi se deleitó entonces con la charla amable que mantuvo con aquel anciano tan circunspecto como hospitalario: “El general habla de la América en sus conversaciones íntimas con el más animado placer; hombres, sucesos, escenas públicas y personales, todo lo recuerda con admirable exactitud”. Después la historia siguió su curso y el jurista tucumano dedicó el resto de sus días a bregar por la organización nacional, aunque siempre a la distancia, desde Francia, donde residió hasta su muerte, lo mismo que San Martín.

El turno de Domingo Faustino Sarmiento fue tres años después, en 1846, cuando tenía 35 años. Venía de Chile, donde un par de años antes había publicado en El Mercurio una crónica del cruce de Los Andes y de la batalla de Chacabuco, exaltando la gesta sanmartiniana. Lo visitó en Grand Bourg y probablemente ocupó el mismo sillón donde había estado sentado Alberdi. Y es más que seguro que la conversación transitase por igual rumbo que aquella otra, refiriéndole el dueño de casa los mismos recuerdos. Sarmiento también dejó asentadas sus impresiones, adivinando que había “en el corazón de este hombre una llaga profunda que oculta a las miradas extrañas (…) ¡Tan grandes hechos y silencio tan profundo! ¡Tanta gloria y tanto olvido!”. Al visitante le interesaba más que nada averiguar lo ocurrido durante la entrevista de Guayaquil, pero cuando San Martín habló de Rosas sin odios ni prejuicios, se le nubló la mente y en el acto su interlocutor pasó a ser un “viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la vejez”. Y, cegado por el odio que sentía hacia Rosas, agregó: “Aquella inteligencia tan clara declina ahora, aquellos ojos tan penetrantes que de una mirada forjaban una página de historia, estaban ahora turbios, y allá en la tierra lejana veía entonces fantasmas de extranjeros y todas sus ideas se confundían”. En una palabra, poco menos que un lelo. Sin embargo, cuando disertó en el Instituto Histórico de Francia fue con San Martín todo lo generoso que no había sido en esos juicios teñidos por la furia antirrosista que corría por sus venas. Así era Sarmiento.

Colofón
Podríamos seguir recorriendo el tiempo sanmartiniano y colocando al héroe frente a frente con quienes compartieron los albores de la joven nación que reconoce en todos ellos a sus constructores. Pero lo expuesto es suficiente para dejar en claro que, como seres humanos que fueron, nuestros próceres, todos ellos, comenzando por el más grande de todos, estuvieron unidos o desunidos por lazos entrañables en los que aparecen mezclados el afecto, la admiración, el respeto e, incluso, celos y rencores. Como en la vida misma.