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Colón y el sueño americano
 
Corría el año del Señor de 1486. El gran canciller Mendoza susurra algo al oído del rey. Fernando de Aragón, sentado en su trono bajo un baldaquino de oro y agotado de prestar oídos a embajadores y ministros, desea dar por terminadas aquellas tediosas audiencias y pasar al salón de baile. Unos pasos más allá, Torquemada, el Inquisidor General, contempla la escena en silencio. “¿Hace mucho que está aquí?”, pregunta fastidiado el monarca. “Dos semanas y media”, responde el otro.

Fernando consulta con su mirada a Isabel, que está sentada a su lado. La reina, complaciente, asiente con un gesto apenas perceptible. “Hacedlo pasar”, ordena, resignado, el rey para no contradecir a su esposa o, quizá, porque el visitante viene recomendado por el influyente duque de Medinaceli. Además, probablemente pesó en el real ánimo la noticia de que este hombre coquetea con la corona de Portugal, enemiga y competidora de España, a la que el Papa le reconoció derechos exclusivos para navegar por las costas africanas.

Mientras aguardan la presencia del visitante, el canciller, ubicado detrás del trono, susurra al oído de Fernando de quién se trata. El rey se entera, entonces, de que el peticionante se llama Cristóbal Colón, que es genovés, hijo de un maestro tejedor, y que dice conocer una ruta para llegar a las Indias navegando hacia el poniente. Un hombre alto, de alrededor de 37 años y de cabellos canos, ingresa a la sala y se arrodilla ante los soberanos. El ramillete de consejeros, cronistas, caballeros y doncellas que rodean a la pareja real miran con desdén al ignoto sujeto que demora la iniciación del baile y que viene a pedir dos millones de maravedíes y el permiso correspondiente para emprender el fabuloso viaje que, según dice, lo llevará hasta Catay (China), la legendaria tierra del Gran Kan de la que hablaba Marco Polo. Advertido de la corta paciencia real, el visitante habla atropelladamente con inconfundible acento italiano y promete montañas de oro y riquezas que bien podrían servir, dice, para expulsar a los sarracenos que ocupan el Santo Sepulcro y amenazan con arrasarlo si los reyes no paran la guerra contra los moros en España. Suplicante, Colón pide finalmente a Fernando e Isabel la aprobación de su portentoso proyecto. El rey no parece conmovido por el entusiasmo del marino. Es su esposa Isabel la que, piadosamente, accede a darle alguna esperanza, y ordena que una comisión de expertos, presidida por Hernando de Talavera, uno de los confesores preferidos de Su Majestad, examine los entusiastas argumentos de Colón y compruebe su verosimilitud.

La audiencia ha concluido. Los reyes se retiran, seguidos por el resto de la corte. Colón, que permanece hincado, ve alejarse a esos soberanos que, preocupados por desalojar a los musulmanes de España, no prestaron mucha atención a sus ideas. Lo invade la misma sensación de desánimo que sintió años atrás ante el rey Juan II de Portugal, quien no sólo no creyó en sus palabras, sino que, además, le quiso birlar el proyecto y los preciosos planos y cartas marítimas que probaban la redondez de la Tierra y la posibilidad de llegar a las Indias por una ruta alternativa a la que, tras la caída de Constantinopla, controlan los infieles. Aquella vez tuvo que huir precipitadamente de Portugal, perdiendo a doña Felipa, su esposa, pero salvando a Diego, su pequeño hijo. Ya en España, de no haber sido por el piadoso abate del convento de Santa María de la Rábida, ambos hubiesen perecido de hambre. En el monasterio franciscano, mientras fray Antonio de Marchena lo ayudaba a mejorar sus conocimientos de astronomía, otro fraile, fray Juan Pérez, lo puso en contacto con el duque de Medinaceli, del que obtuvo promesas de apoyo y una carta de recomendación para los poderosos reyes de las dos Españas.

Una larga espera
Hace ya cuatro años que Colón aguarda pacientemente el dictamen de la comisión examinadora de su proyecto. En el ínterin ha tenido contactos esporádicos con los reyes, pero nada definitivo aún. Para ganarse el sustento, vende libros y cartas geográficas que él mismo dibuja con notable habilidad, mientras que por las noches estudia con fruición la Imago Mundi del cardenal d'Ailly y los escritos de Ptolomeo heredados de su suegro portugués. Ha vuelto a casarse, esta vez con Beatriz, una humilde cordobesa que le dio un segundo hijo, Hernando. Cuando su paciencia se agotaba, llegó la demoledora noticia: los sabios creían que sus proyectos eran “vanidosos, irrealizables y basados en razonamientos demasiado irreales como para merecer el apoyo de la Corona”. Simultáneamente, los reyes mandan a decirle que lo despiden, aunque no le quitan toda esperanza; ya se verá luego de que concluya la guerra con los moros. Es el año del Señor de 1490. Colón desfallece. Abjurando de la corona española se dispone a partir en busca de alguien dispuesto a creer en él y en sus ideas. Harapiento y sin dinero, regresa al monasterio para recoger a su hijo Diego y marchar a probar suerte en Francia, pero los monjes lo disuaden. Fray Juan Pérez, apelando a sus influencias, intercede ante la reina Isabel para que conceda una nueva audiencia al ilusionado marino. No sólo eso; el fraile consiguió, además, unos cuantos florines para que el genovés pudiera procurarse una cabalgadura y comprarse un jubón y calzones nuevos para presentarse decente ante la corte.

Mientras esperaba ser llamado, Colón no vaciló en empuñar una espada y sumarse a la lucha contra los musulmanes en Granada. El 2 de enero de 1492, Boabdil, el último rey moro, entregó las llaves de la Alhambra a los vencedores. Colón disfruta junto al resto de los sitiadores la más grande victoria de la cristiandad, pero su pensamiento está en las lejanas tierras que le quitan el sueño.

Poco después, llega la cita esperada y Colón comparece nuevamente ante los reyes. Esta vez lo reciben en el real de Santa Fe, mandado a construir luego de que se incendiara el campamento durante el sitio de Granada. Una vez más el navegante habla sin parar, fatigando los oídos de sus escuchas con argumentaciones, cálculos náuticos, elucubraciones sobre los vientos y relatos de regiones exóticas atestadas de oro y especias.
Incansable, repite ante los expertos y teólogos presentes los detalles de su plan, basado en la puntillosa Correspondencia y mapa del sabio florentino Paolo Toscanelli. A la par que exhibe sus conocimientos de astronomía y navegación, enciende la codicia de los funcionarios de la corte mencionando repetidamente al Cipango (Japón), la mítica isla pletórica de riquezas. Colón cree advertir un brillo inconfundible en la mirada de Fernando cada vez que menciona la palabra “oro”, mientras que a Isabel se le llenan los ojos de lágrimas cuando le promete que miles de seres ignotos cambiarán sus ídolos paganos por el Dios de los católicos.

Esta vez percibe que su plan es escuchado con mayor consideración y benevolencia, pero sus pretensiones son consideradas excesivas y hasta insolentes por los monarcas, que nuevamente lo despiden sin darle mayores esperanzas. “La audiencia ha terminado”, le anuncia secamente un cortesano. Colón, agobiado por la mala nueva, camina arrastrando los pies hasta el lugar donde dejó atado su mulo y a paso cansino emprende un lento regreso a Córdoba. Está decidido, ahora sí, a abandonar definitivamente a España y a esos reyes soberbios y codiciosos que se niegan a apoyarlo. Absorto por esos pensamientos, no advierte que alguien se aproxima a todo galope. Es el alguacil de la corte que viene en su búsqueda para comunicarle que los reyes han cambiado de parecer y están dispuestos a apoyar su empresa. Las gestiones del escribano real don Luis Santángel, uno de sus pocos valedores, han dado sus frutos. Colón, que siempre creyó en la Divina Providencia, eleva su mirada hacia el cielo, dando gracias por tanta ventura.

Los preparativos
Poco después, el 17 de abril de 1492, en acto solemne se firman las “Capitulaciones de Santa Fe”, el documento contractual que estipula las condiciones en que Colón se embarcaría hacia la tierra prometida. Allí consta que se le otorga el título vitalicio y hereditario de “Almirante de la Mar Océana” más el de virrey y gobernador de todo lo que descubra y la apropiación de una décima parte (el famoso diezmo) de todas las ganancias que se obtengan. Además, de aquí en adelante, se le llamará don Cristóbal Colón. Exultante, con la preciosa contrata bajo el brazo y una carta para el Gran Kan en el bolsillo del jubón, Colón parte presurosamente a montar la expedición.

No dejará nada librado al azar. Seleccionará personalmente la brújula, el reloj de arena y el astrolabio que le impedirán extraviarse cuando sobrepase la línea de las islas Afortunadas (las Canarias) y se interne en el temible “Mare Tenebrosum”, donde acechan abismos y monstruos con sus fauces abiertas para devorar a los marinos que se atreven más allá de lo conocido. A él nada de eso le importa. Está seguro de que Dios lo guiará a su destino. Todavía no sabe que sus cálculos están errados y que las dimensiones del globo terráqueo son mayores que las que imagina, por lo que tendrá más días de navegación que los previstos.

Por fin, llega el gran día. El viernes 3 de agosto de 1492, frente al puerto de Palos de la Frontera, tres naves esperan la orden de partida. Una de ellas es una nao, “La Gallega”, a la que Colón cambió de nombre bautizándola “Santa María”. Las otras dos son carabelas –la “Niña” y la “Pinta”–, lo último en materia de navegación de ultramar, fueron embargadas por la Corona al pueblo de Palos para saldar una vieja desobediencia. Los fondos para la larga travesía fueron trabajosamente juntados sin que fuera necesario que la reina vendiera sus joyas, como había prometido. Don Luis de Santángel y sus amigos conversos corrieron con la mayor parte de los gastos, confiados en recuperar con creces lo invertido.

Las naves llevan un centenar de hombres a bordo, reclutados en su mayoría por los hermanos Martín Alonso y Vicente Pinzón, quienes además de comerciar salazones y hacer de corsarios en los ratos libres, son eximios marineros. No fue nada fácil reunir a la tripulación: muy pocos estaban dispuestos a aventurarse bajo las órdenes de un almirante desconocido. No había entre ellos mujeres, frailes ni soldados. Sí iban, en cambio, cuatro criminales y un traductor de lenguas orientales. La gran aventura finalmente se ponía en marcha. Entretanto, con la misma pluma que firmó el decreto autorizando la partida, Isabel expide el edicto de expulsión de los judíos de todo el territorio de España. La reina y su esposo sueñan con una España purificada, libre de moros y “marranos”. Quizá por esa razón, años más tarde, el papa Alejandro VI los premió con el título de Reyes Católicos.
A las 8 de la mañana, después de oír misa y comulgar, Colón y sus marineros se hicieron a la mar. Sentado en su pequeño camarote, Colón inaugura el diario de a bordo que permitirá a la humanidad conocer las vicisitudes de su viaje. “( ... ) después de haber echado fuera todos los judíos de todos vuestros reinos y señoríos, mandaron vuestras altezas que yo me fuese con una armada suficiente a la India y para ello me hicieron grandes mercedes y me ennoblecieron para que, de ahora en adelante, me llamen Don y fuese almirante mayor de la mar océana y virrey y gobernador perpetuo de todas las islas y tierra firme que yo descubriese y ganase”, escribió de puño y letra en la primer hoja. El almirante cierra el diario y sube a cubierta. La línea de la costa se va diluyendo entre las brumas marinas.

Poco después, el 12 de octubre de 1492 el gran sueño se haría realidad.

Epílogo
El 7 de noviembre de 1504, tras sufrir innumerables percances durante su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo, Colón, fracasado y enfermo, vuelve definitivamente a España.

Allí reclama infructuosamente sus derechos. Vilipendiado y en medio de la pobreza, muere el 20 de mayo de 1506 en la ciudad de Valladolid sin saber que había descubierto un nuevo continente. Tenía 55 años. Mientras, en el Nuevo Mundo las tropelías contra los nativos están a la orden del día.
La Cosmographie Introductio, editada y publicada en 1507 por el cartógrafo alemán Martín Waldseemüller, menciona por primera vez la palabra América para nombrar al Nuevo Mundo, derivándola del nombre de pila del navegante florentino Américo Vespucci que le ganó de mano a Colón, publicando antes que éste las relaciones de sus viajes por el nuevo mundo.

Ni siquiera ese premio consuelo le tocó al infortunado Colón. El 12 de octubre de 1892, 400 años después del descubrimiento, un real decreto firmado en el convento de La Rábida bajo la regencia de doña María Cristina de Habsburgo, instituyó ese día como fiesta nacional. Más tarde fue universalmente adoptado como Día de la Raza.

Los restos de Cristóbal Colón fueron trasladados en 1544 a Santo Domingo, como él había pedido. En el lugar se levantó un monumento bautizado como “Faro a Colón”. Sin embargo, en la catedral de Sevilla también hay una tumba con su nombre. La polémica acerca de cuál es la verdadera no está saldada.