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Chacabuco
 
“Van los 200 sables. Van las 200 tiendas de campaña que me pidió. Va el Mundo. Va el Demonio. Va la Carne. . . ¡no me pida nada más si no quiere verme colgado en un tirante de la Fortaleza!”. San Martín sonrió y guardó en la alforja la carta de su amigo Juan Martín de Pueyrredón. El director supremo era uno de los pocos hombres de Buenos Aires que creía en su plan: cruzar la cordillera de los Andes y caerles por sorpresa a los maturrangos, y después de liberar a Chile, seguir al Perú por mar. El congreso reunido en Tucumán ya había declarado la Independencia; no había nada más que esperar.

Estamos en noviembre de 1816. Por esos días, San Martín alternaba su tiempo entre la gobernación de la provincia de Cuyo y la organización del Ejército de los Andes. En el campamento del Plumerillo todo era actividad. Se trabajaba día y noche; Fray Luis Beltrán no quería dejar nada librado al azar. Cañones, municiones, espadas, uniformes, botas, monturas; todo debía estar listo para el gran día. Por fin, el 18 de enero de 1817, el ejército se puso en marcha. Era un espectáculo grandioso contemplar a la columna, integrada por 5.423 hombres, 1.600 caballos de pelea, más de 10 mil mulas y varios centenares de reses, enfilar hacia las crestas de la cordillera.

A poco de internarse en aquellas profundas gargantas, la montaña los puso a prueba. De día el sol era abrasador, mientras que por las noches la temperatura descendía hasta los 20ª bajo cero. En más de una oportunidad, las tiendas de campaña, bagajes y parque amanecieron cubiertos de nieve y hombres y bestias ateridos de frío. Para colmo, en aquellas soledades había muy poco para calentar cuerpos y alimentos: apenas unos arbustos raquíticos y retorcidos. Y roca desnuda. Y cóndores planeando en lo alto. Había que racionar el agua, porque el torrentoso río Mendoza corría al fondo de una quebrada inaccesible. La peor parte la llevaron los 500 milicianos que tenían a su cargo el acarreo de las pesadas piezas de artillería y los cajones con municiones por senderos pedregosos. Había lugares donde era literalmente imposible arrastrar el parque, obligando a los soldados a utilizar cabrestantes para poder izarlo y superar los tramos más empinados. Durante 20 días los hombres lidiaron sin desmayo con aquellos cerros indómitos que se cobraron como tributo varios centenares de mulas y más de la mitad de los caballos, que se despeñaron al vacío o sucumbieron de hambre y de frío. No en vano San Martín le había escrito a su amigo Tomás Guido poco antes de la partida, diciéndole: “Lo que no me deja dormir no es la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino el atravesar estos inmensos montes”. El único alivio que tenían los hombres en aquellas alturas era saborear de tanto en tanto un humeante plato de guiso “valdiviano”, colmado de charqui machacado, grasa, ajo y rodajas de cebolla cruda. San Martín contemplaba, indulgente, cuando a hurtadillas los soldados pegaban un trago del aguardiente que guardaban en cuernos de vaca convertidos en improvisadas cantimploras. Él mismo se sintió desfallecer cuando recrudecían el asma, la úlcera o el reuma que padecía. Por eso sintió un gran alivio cuando, el 8 de febrero, pudo contemplar el imponente valle del río Aconcagua.

La colosal travesía había llegado a su fin. Las dos columnas que habían cruzado la cordillera por pasos diferentes –por el de Uspallata Soler el chileno O’Higgins y por Los Patos el general Las Heras- se reunieron en San Felipe, del lado chileno. Pronto comenzaron a llegar los informes de inteligencia y por ellos San Martín se enteró de que dos mil soldados españoles a las órdenes de Rafael Maroto se hallaban estacionados en la cuesta de Chacabuco, cerrándoles el paso hacia Santiago. La capital chilena, desde la infausta derrota de Rancagua en 1814, estaba en manos del enemigo. San Martín decidió atacar sin demora. En la madrugada del 12 de febrero, bajo un cielo completamente estrellado, el ejército patriota comenzó la trepada de la cuesta de Chacabuco para sorprender a los realistas. El Libertador había planificado una operación de pinzas: O’Higgins atacaría de frente, mientras que Soler lo haría por uno de los flancos.

A causa del reuma, el día de la batalla San Martín apenas podía montar a caballo. “Era su cabeza y no su cuerpo el que combatía”, escribiría Mitre años después. Se vivieron algunos instantes de zozobra cuando O’Higgins, ansioso, embistió antes que los granaderos de Soler llegaran al lugar prefijado y ocuparan sus posiciones de combate. Cuando finalmente lo hicieron, la batalla se revirtió rápidamente a favor del bando patriota. A las 2 de la tarde, los españoles se rindieron, dejando en el campo de batalla 500 muertos, 600 prisioneros y todo el parque y el armamento, mientras que las pérdidas de los vencedores fueron mínimas: 12 muertos y 120 heridos.

Desde el mismo teatro de operaciones, San Martín le escribió a Pueyrredón, reportándole la victoria: “En 24 días hemos hecho la campaña, pasamos las cordilleras más elevadas del globo, concluimos con los tiranos y dimos libertad a Chile”. Como trofeo, le envió uno de los pabellones de guerra capturados al enemigo. Ahora sólo restaba entrar en Santiago y restituir el poder a los patriotas chilenos.

La victoria de Chacabuco fue crucial, porque llegó en un momento en que la independencia de las Provincias Unidas se hallaba seriamente comprometida y la Revolución parecía sucumbir frente al aislamiento a la que la había sometido España. Con el triunfo, se allanó el camino a la liberación de Chile y se despejó la ruta por mar hacia el Perú. Sin embargo, la independencia de Chile se demoraría casi un año por la imprevista derrota de Cancha Rayada, pero ésa es otra historia.