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Cerro Corá, el último acto
 
En Cerro Corá, un paraje recóndito del Paraguay, se escribió la última página de una guerra infernal que duró cinco años. Fue el 1° de marzo de 1870. Ese día perdió la vida el mariscal Francisco Solano López y quedó sellada la suerte del sufrido pueblo paraguayo.

La del Paraguay, comparada con otras a las que se les llama así aun sin serlo, fue una guerra de verdad, cruenta y prolongada, que costó miles de vidas y acarreó enormes pérdidas materiales, especialmente para el vencido, que perdió las tres cuartas partes de su población y quedó al borde de la extinción como nación independiente. Como suele ocurrir, existen diversas teorías acerca de por qué se desató esta guerra desafortunada que envolvió a cuatro países del Cono Sur –Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay– y que duró casi cinco años. Para algunos, los acontecimientos se precipitaron por causas exclusivamente regionales, de aquí; otros, en cambio, piensan que Inglaterra, la principal potencia mundial de esa época, alentó el conflicto para acabar con la molesta autonomía del Paraguay. Lo cierto es que en los orígenes de la tragedia hay varias cuestiones que se entremezclan y dan pie a las distintas explicaciones, por caso el entripado interno del Uruguay que dividía a Blancos y Colorados, la mal disimulada vocación expansionista del Imperio del Brasil y el empecinamiento de Solano López que involucró a su patria en una guerra a todas luces temeraria.
Todo comenzó en 1865, cuando las tropas paraguayas se desplazaron –con razón o sin ella– fuera de su territorio invadiendo lugares ajenos, como Río Grande do Sul y la provincia argentina de Corrientes. La reacción no se hizo esperar: el 1° de mayo de ese año se firmó en Buenos Aires el tratado de la Triple Alianza, por el cual los gobiernos argentino, uruguayo y brasileño se coaligaron en contra de un cuarto, el paraguayo. Cada uno de los firmantes tenía sus propios motivos para entrar en guerra, pero ninguno debió haber previsto la enconada resistencia que ofrecería el adversario elegido. A la postre, el más desairado por la historia fue sin duda Bartolomé Mitre, el presidente argentino, que proclamó a los cuatro vientos que en tres meses los aliados entrarían en Asunción. Le falló la cuenta, ya que llevó cinco largos años cumplir ese propósito, quedando en el camino decenas de miles de vidas.

Las acciones comenzaron inmediatamente; como se desarrollaban en territorio argentino, Mitre se puso a la cabeza de las fuerzas aliadas, delegando temporalmente el mando de la Nación en el vicepresidente. Los territorios ocupados fueron despejados al cabo de algunos meses, pero, lejos de darse por satisfechos, los firmantes del tratado decidieron redoblar la apuesta y entonces el teatro de operaciones se trasladó al Paraguay. A la Argentina, sostener aquella guerra lejana y cruenta le costó enormes esfuerzos. Después de Pavón, el país aún no estaba pacificado y la reunificación se hacía más a costa de la fuerza que de la razón. Por ese motivo no resultaba nada fácil reclutar hombres para una guerra impopular por donde se la mirase que, además, demandaba más recursos de los que se contaba en ese momento. A pesar de las exaltaciones patrioteras que adornaban la convocatoria oficial, el resultado era magro: sólo los jóvenes provenientes de familias patricias de Buenos Aires respondían voluntariamente al llamado. En las provincias, en cambio, se le daba la espalda: los batallones que se conformaban a fuerza de levas forzadas llegaban a destino diezmados por las deserciones. Las voces condenatorias no tardaron en levantarse, entre ellas algunas muy calificadas, como la de Juan Bautista Alberdi, quien desde Europa derramaba argumentos en contra de la aventura bélica en que Mitre había embarcado a la Nación.
Fue una guerra prolongada, tremenda, despiadada. Hubo esforzadas victorias, como Tuyutí o Estero Bellaco, y grandes desastres, como Curupaytí. Así las cosas, después de casi cinco años, llegó el anunciado final. La acometida postrera de los aliados comenzó en los primeros días del año 1870.

Un puñado de harapientos
Tras la infructuosa defensa de Asunción, la capital, unos pocos centenares de paraguayos inician una penosa marcha. El mariscal Solano López va a la cabeza. A su lado, su hijo Panchito, de tan sólo 15 años, convertido en coronel de un ejército fantasmagórico. Ese puñado de harapientos era todo lo que quedaba de aquel orgulloso ejército de 100 mil hombres que cinco años antes habían empezado la guerra. Sin embargo, no están dispuestos a rendirse. Antes prefieren morir. Los sigue una caravana de mujeres, viejos y niños, hambrientos y enfermos, que avanza a duras penas en un territorio selvático e inhóspito, intuyendo el trágico final que les espera. El mariscal de Caxías, al mando de casi cinco mil hombres, no les pierde pisada. Atrás queda un Paraguay devastado, en ruinas. La travesía dura casi siete meses, hasta que, en la madrugada del primer día de marzo, tras una extenuante persecución, en las proximidades de Cerro Corá, las tropas brasileñas dan alcance a los fugitivos. Hieren al mariscal Solano López y, rodeándolo, le exigen que se rinda; él, desfalleciente y arrasado por la adversidad, alcanza a gritarles en la cara que prefiere morir con su patria. Por toda respuesta, una bala disparada por un soldado brasileño le atraviesa el corazón. Allí, en medio del lodo y la espesura, queda tirado el cadáver del presidente paraguayo, junto a su hijo y al resto de los que lo acompañaron hasta el fin. Allí, hecho trizas, queda también el sueño de un país independiente, poderoso, como ya no lo será el Paraguay después de esa contienda.

Colofón
Paraguay tenía alrededor de 1.300.000 habitantes, que al finalizar la guerra no llegaban a los 300 mil, de los cuales apenas el 10 por ciento eran hombres, la mayoría de ellos ancianos o inválidos. Apenas pudo salvar la mitad de su territorio –la otra mitad se la repartieron los vencedores– y aunque llevó varios años completar la retirada de los brasileños, logró subsistir como nación independiente. Sin embargo, nunca recuperaría el esplendor de los días previos a la guerra, la peor tragedia de su historia, ni las heridas se cerrarían del todo. A los aliados tampoco les salió gratis aquella aventura bélica. A la Argentina, por caso, le costó miles de muertos, algunos de ilustre apellido, como Domingo Fidel Sarmiento, "Dominguito", el hijo del presidente sanjuanino. Pero esa es otra historia...