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Belgrano, el desobediente
 
Llegó con el correo esa mañana. Como todos los días, al caer la tarde, Bernardino Rivadavia, arrellanado en su sillón, revisa la correspondencia dirigida al Triunvirato.

Después de leer y releer el parte fechado el 27 de febrero de 1812 que Manuel Belgrano envía desde Rosario, donde acaba de habilitar dos baterías para proteger las barrancas del Paraná, quedó demudado: "Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional; espero que sea de la aprobación de V.E.”.

Qué le pasa a este hombre, resopla fastidiado el secretario político del Triunvirato, que ahora sale con esto. ¿Acaso no quedó conforme con la escarapela que aprobamos a su pedido justamente para darle con el gusto? Él mismo redactó el acuerdo, ratificado por los triunviros diez días atrás, disponiendo que “se haga, reconozca y use la Escarapela Nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, declarándose por tal la de dos colores blanco y azul celeste, y quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían”.

Sin embargo, tal parece que a Belgrano no le bastó. Que decidió ir por más, refunfuña Rivadavia, cuando bien sabe que debemos manejarnos con extrema cautela en este momento en que la Revolución pende de un hilo.

En efecto, el escenario político se presenta asaz complicado. La intención original de la Primera Junta de imponer su autoridad en el ámbito del antiguo virreinato del Río de la Plata se cumplió a medias: los paraguayos se cortaron solos de entrada, Montevideo responde al virrey De Elío y el Alto Perú recayó en manos españolas tras el fracaso de la primera expedición militar.

En ese contexto, la ocurrencia de Belgrano provoca ruidos en el artilugio de hacer como sí con España estuviera todo bien cuando en realidad estaba todo mal. Es que, aunque nadie se lo crea, las autoridades porteñas mantienen la ficción de que se gobierna en nombre de Fernando VII, el rey depuesto por Napoleón Bonaparte. Por eso en el fuerte flamea el pabellón real; los soldados llevan una cucarda roja en el pecho y los papeles oficiales se siguen encabezando con la misma fórmula de acatamiento a la corona de los tiempos virreinales. Algunas acciones son grotescas, como la misa que se mandó a celebrar el último 14 de octubre por ser el cumpleaños número veintisiete del inefable Fernando VII.

¿Cómo se permite hacer una cosa así sin autorización?, masculla Rivadavia con el parte aún en sus manos. Ni siquiera lo consuela que la bandera tenga los mismos colores de la escarapela. Con el crepúsculo en ciernes, las campanas de los conventos vecinos repican llamando al Ángelus.

Los triunviros, reunidos en la sala contigua, luego de escuchar el informe, instruyen al secretario que le responda que "hiciera pasar el episodio como una muestra pasajera de entusiasmo y ocultara con disimulo la bandera, reemplazándola por la que se usa en el fuerte de Buenos Aires". Y para que no quedaran dudas, enviaron un pendón real de repuesto.

Cartas que van y vienen

Sin embargo, el chasque llegó tarde: Belgrano ya había partido. Ajeno al malestar de los mandamases, el 25 de mayo de 1812, el jefe del deshilachado Ejército del Norte desplegó la bandera en el balcón del cabildo de San Salvador de Jujuy, arrancando una ovación del pueblo que celebraba el segundo aniversario de la Revolución. Sobre llovido mojado.

Cuando los del Triunvirato se enteraron, pusieron el grito en el cielo. ¿Qué parte de la orden fue la que no entendió?, debieron preguntarse, atribulados por la nueva osadía de Belgrano. Esta vez la carta que le rajaron tuvo un tono conminatorio, tanto que Mitre, años más tarde, creyó reconocer en su factura “el estilo incorrecto y metafórico-científico de Bernardino Rivadavia”. Sobre todo la parte que exigía “la urgente reparación de tamaño desorden”.

Belgrano, ocupado en menesteres más urgentes, contestó al mes. En su tienda de campaña, redactó de puño y letra las líneas que desnudan el pesar que invadía su alma noble. Que lo afectó la reprensión contenida en el oficio que nunca llegó a sus manos, les dice, y, sobre todo, la amenaza de ser sancionado. Enseguida, expone sus razones: “no había bandera, y juzgué que sería la blanca y celeste la que nos distinguiese como la escarapela, y esto, con mi deseo de que estas provincias se cuenten como una de las naciones del globo, me estimuló a ponerla”.

El abogado devenido en militar entorna sus ojos claros y rebusca las palabras para que los remotos destinatarios de esa carta comprendan su proceder: “Vengo a estos puntos, ignoro como he dicho aquella determinación, los encuentro fríos, indiferentes y tal vez, enemigos, tengo la ocasión del 25 de mayo, y dispongo la bandera para acalorarlos y entusiasmarlos, ¿y habré, por esto, cometido un delito?”

Para conformarlos, desolado, escribe de un tirón el último párrafo: "La bandera la he recogido, y la desharé para que no haya memoria de ella... Pues si acaso me preguntaren por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria por el Ejército, y como éste está lejos, todos la habrán olvidado y se contentarán con lo que se les presente".

Lo que vino después
La formidable epopeya belgraniana que salvaría la Revolución estaba en marcha. Empezó con el éxodo jujeño, que dejó atrás sólo tierra arrasada. Tiene órdenes de replegarse hasta Córdoba, pero resuelve ignorarlas una vez más. En lugar de eso, decide jugarse al todo o nada y enfrentar al enemigo en Tucumán. Allí, el 24 de septiembre, obtiene aquella gran victoria que cambió el curso de la historia.

Pocos meses más tarde, el 13 de febrero de 1813, se dio el gusto que venía paladeando: sacó de sus alforjas el rectángulo de tela de la discordia y a la vera del río Salado lo hizo jurar por sus tropas que una semana después triunfaron en Salta. ¿Quién tenía ahora cara para pedirle que ocultara la divisa celeste y blanca?

Después vinieron las derrotas de Vilcapugio y Ayohúma, y otra vez la retirada. Apenas hubo tiempo para esconder el pabellón patrio en una modesta capillita de Macha, allá en el Altiplano, donde permaneció oculto durante siete décadas

En 1816, el congreso reunido en Tucumán oficializó la bandera, a la que en 1818 se le agregó un sol. La misma que seguimos venerando con unción. Que tenemos gracias a Belgrano, el desobediente.