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Belgrano. Triste, solitario y final
 
Muy poco quedaba del Ejército Auxiliar del Perú cuando el general Belgrano abandonó Tucumán aquel caluroso mes de febrero de 1820.

Un año atrás, él mismo había conducido el traslado del grueso de las tropas bajo su mando, siguiendo las órdenes del director supremo Rondeau, que las reclamaba para proteger al gobierno porteño del asedio de los caudillos del Litoral, Estanislao López y Francisco Ramírez. Esa misma orden le había sido impartida al Ejército de los Andes, sólo que su comandante, el general San Martín, no la acató. Tras la partida de aquellas divisiones, la frontera Norte había quedado al exclusivo cuidado de Martín Güemes y sus valerosos gauchos, que vaya a saber hasta cuándo podrían sostener el empecinado embate español desde el Alto Perú.

Ejecutada la orden directorial, Belgrano, enfermo, renunció al mando y retornó a Tucumán. Ahora, se aprestaba a marchar nuevamente hacia el Sur, a la veleidosa Buenos Aires, esta vez para cumplir con una última misión: esperar allá su propia muerte. En Tucumán dejaba afectos muy profundos, como Dolores Helguero, la madre de su hija Manuela Mónica del Sagrado Corazón, quien, sin embargo, no llevará su apellido. Las horas gloriosas de las batallas ganadas habían quedado muy atrás, desvanecidas como un lejano recuerdo El amargo presente sólo mostraba adversidades, nada que permitiera iluminar su mirada celeste.

El último viaje
Finalmente, partió. El bamboleante carruaje que lo transportaba devoraba lentamente las leguas interminables del antiguo Camino Real rumbo a Córdoba. En su interior viajaban junto al general –afiebrado y atormentado por la hidropesía-, su médico personal, el capellán del ejército y dos ayudantes. Belgrano soportó estoicamente aquella penosa marcha, tan abatido por la enfermedad que lo consumía como por la malicia y la ingratitud que lo rodeaban. Tan pronto dejaron atrás Santiago del Estero, emergieron en medio del polvo y el salitre, una a una, las postas del norte cordobés: Pozo del Tigre, el Chañar, San Pedro, Totoral...

Al llegar a la antigua estancia jesuítica de Caroya, que servía de posta, los viajeros hicieron otro alto para pernoctar y refrescar la caballada. El general ya no pudo bajar por sus propios medios: sus piernas, monstruosamente deformadas a causa de la hidropesía, le impedían moverse. Dos de sus acompañantes cargaron su cuerpo y lo transportaron hasta el cuarto de huéspedes, recostándolo en el camastro donde pasó la noche en vela, agobiado por los intensos dolores.

Apenas probó el caldito que preparó la mujer del maestro de postas y que su médico le dio a beber. Con las primeras luces del día envió a uno de sus ayudantes a la ciudad de Córdoba, en procura de algún auxilio económico para poder continuar el viaje. Los pesos que le facilitó su amigo José Celedonio Balbín antes de partir habían ido quedando en las postas del camino y todavía faltaban muchas leguas para llegar a destino.

El ingrato Bustos
En Córdoba mandaba Juan Bautista Bustos, a quien el general recordaba muy bien por haberlo tenido bajo sus órdenes en el Ejército del Norte. Bustos era uno de los oficiales que quedaron a cargo de las tropas cuando él retornó a Tucumán, en setiembre del año anterior. En el intervalo, el ahora gobernador de Córdoba, junto a Paz, Heredia y otros oficiales, sublevaron a la soldadesca en Arequito, provincia de Santa Fe, para no tener que cumplir las deshonrosas órdenes del gobierno central. Igual que a él, a los militares patriotas les repugnaba derramar sangre de hermanos.
El general Paz captó ese sentimiento en sus Memorias. “Belgrano no gustaba de esa guerra, y quizá la enfermedad que apresuró sus días, provino del disgusto que le causaba tener que dirigir sus armas contra sus mismos compatriotas”, escribió el famoso manco.

Pero él no estaba en posición de imitar a San Martín, y tuvo que obedecer aquellas órdenes que para nada compartía. Cada vez que lo recordaba, un rictus de amargura cruzaba su rostro, el mismo que le arrancaban el egoísmo y la ambición de poder de muchos hombres de su tiempo. Bustos le ganó de mano a Paz –que tenía las mismas intenciones- y se quedó con el mando de la provincia mediterránea. El mandamás de Córdoba ignoró el pedido de ayuda de su antiguo jefe. Sí lo escuchó Carlos del Signo, un comerciante de la docta amigo de Belgrano, que lo auxilió con preciosos 400 pesos para que pudiera llegar al destino final de su travesía. Cuando el emisario regresó a Caroya con aquellas novedades, Belgrano, arropado con un ponchito por los chuchos febriles, pidió lápiz y papel. Con la mejor caligrafía que pudo, borroneó: “Mi muy querido paisano y amigo Carlos del Signo: estoy agradecidísimo a V. por los 400 pesos que ha servido franquearme para mis necesidades y el teniente coronel Escobar me ha conducido, advirtiéndome de la generosidad de V. en no haberle querido admitir recibo, y que además deseaba V. el libramiento para Buenos Aires, el mismo que tengo el honor de acompañarle, contra mí mismo y a 15 días visto para la mejor exactitud de su pago”. El hombre que había sido recompensado con 40 mil pesos oro por la victoria de Salta, que no se había quedado con un solo peso de aquéllos –los había donado para la construcción de cuatro escuelas-, ahora debía poco menos que mendigar para subsistir. Así estaban las cosas en esa difícil hora de la Patria. Reanudaron la marcha. El sol estaba alto cuando divisaron las torres de los campanarios de Córdoba recortadas en el horizonte. Belgrano, sumido en el delirio, contempló por última vez la imagen de esa Córdoba provinciana, que tenía tanto de religiosa como de altiva.

Despedida de Córdoba
Algunas leguas más adelante, cuando pasaron frente a la capilla de Nuestra Señora del Pilar, recordó que fue allí donde seis meses atrás traspasó el mando del Ejército del Norte al coronel Francisco Fernández de la Cruz, para que lo condujese a la provincia de Buenos Aires, donde nunca llegó: Bustos y los otros lo sublevaron en Arequito, dejando a las tropas dictatoriales a merced de las montoneras, que dieron cuenta de Rondeau en Cepeda. Ante sus ojos desfilaban campos incultos, pajonales y espesos montes de chañares y algarrobos. En el camino, muchas aves carroñeras y pocos cristianos y animales, devastados por igual por las guerras interminables. Sólo se cruzaron con alguno que otro grupo de paisanos huraños y huidizos, probablemente desertores o salteadores, los únicos que se aventuraban por los polvorientos senderos de la Patria envuelta en una guerra fratricida.

El general entrecerró los ojos. En medio del sopor, repasaba su azarosa vida, recordaba las pasadas horas de gloria y también las de amargura. Mientras, el carruaje iba dejando atrás el Paso de Ferreyra, Fraile Muerto, el Saladillo de Ruy Díaz, la Esquina de la Guardia, hasta que Cruz Alta anunció el confín del territorio cordobés. Faltaban aún más de 80 leguas para llegar a destino. Belgrano desfallece, su médico lo anima por enésima vez; el capellán fatiga su rosario, implorando por el alma del general.

Últimos días
Finalmente, junto con el otoño, arriban a Buenos Aires. Muertos unos, desterrados otros, ya no quedaba casi ninguno de los hombres con los que compartió los gloriosos días de Mayo: Moreno, Castelli, Vieytes, Larrea, Saavedra, Rodríguez Peña, y muchos más, ya no estaban allí. Y pronto tampoco estaría él. Se preguntaba qué llegaría primero: si el invierno de aquel año de 1820 o su propio final.

Pasó las últimas semanas de vida en el lecho, en su casa paterna de la calle Santo Domingo esquina del Rey, al piadoso cuidado de su hermana Juana, que penaba en silencio al comprobar cuán poco había quedado de aquel joven apuesto y refinado, educado en las mejores universidades de España, conocedor de idiomas y encantador de almas femeninas, que un día se hizo soldado por necesidad y marchó a una guerra incierta y cruel sólo por amor a su Patria.

Juana cuidaba con unción esos despojos humanos que era todo lo que quedaba del que dio una divisa a las armas de la Patria y lideró sus ejércitos. Y después de tantos sacrificios, no tenía ni para los gastos médicos, que debió pagar su hermano Domingo. Belgrano, angustiado por incomodar a los demás, reclamaba en vano a las autoridades para que se le efectivizaran algunos de los muchos sueldos que le adeudaba el gobierno; lo desvelaba la idea de morir sin honrar las deudas contraídas con motivo de su enfermedad.

Nada obtuvo de aquellas suplicantes gestiones. Agotados los recursos, le entregó al médico su reloj, que –presentía- pronto dejaría de necesitar. En su testamento, dejó expresas instrucciones para que el albacea –su propio hermano- cancelara las obligaciones que detalló minuciosamente.

La muerte
En las largas noches de insomnio, cuando los fantasmas de la memoria danzaban en la penumbra, sentía la proximidad de la muerte. Ésta finalmente llegó el 20 de junio a las siete de la mañana. Ese mismo mes había cumplido 50 años, que –por lo vivido- parecían cien.

Su deceso pasó desapercibido. Buenos Aires, sumida en la anarquía, tenía ese mismo día tres gobernadores. Ocupados por aquella insólita novedad, los principales periódicos de la metrópoli obviaron la infausta noticia. Sólo uno de ellos –el pintoresco Despertador teofilantrópico místico y político del padre Castañeda- lamentó la muerte de Belgrano.

Los funerales se realizaron durante los días 26 y 27 en la iglesia de Santo Domingo. Según Castañeda: “Asistieron únicamente sus hermanos, sobrinos y algunos amigos”. No había dinero para el entierro. Un trozo de mármol recortado de la antigua cómoda familiar sirvió de lápida. Alguien escribió sobre ella una lacónica leyenda: “Aquí yace el general Manuel Belgrano”.

Hasta 1902, sus restos descansaron bajo el piso de la iglesia porteña. Ese año fueron exhumados y, desde 1902, lo poco que se rescató yace en una urna, encerrada en el mausoleo que se levantó en el atrio del mismo convento.

En 1938, un decreto del Poder Ejecutivo Nacional designó el 20 de junio como el Día de la Bandera. Sin embargo, a 184 años de la muerte de su creador, aún no se erigieron las cuatro escuelas. Bien vale traer al presente, una vez más, aquellas inspiradas palabras de Leopoldo Lugones: “Irreparable, efectivamente, ese dolor de los pobres grandes muertos, a quienes ni la salva del cañón, ni el féretro de la cureña, ni la calle denominada, ni la estatua que los embalsama en bronce, van a quitar un solo minuto de las miserias que pasaron, de la ingratitud que devoraron, de la soledad que padecieron...”