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Ayacucho o el fin del dominio español
 
“Los soldados que han venido desde el Plata, del Daule, el Magdalena y el Orinoco no volverán a su patria sino cubiertos de laureles; vencerán y dejarán libre al Perú o morirán”, declamó Simón Bolívar ante el Congreso peruano. Tras la entrevista de Guayaquil –celebrada en julio de 1822– y la ulterior partida de San Martín, la conclusión de la guerra de la independencia había quedado en manos del general venezolano. Fue precisamente ese punto –la culminación de la campaña libertadora en Sudamérica- uno de los motivos centrales de discordia entre los dos líderes durante las conversaciones mantenidas en Guayaquil. Al no obtener el respaldo esperado por parte de Bolívar, San Martín decidió dar un paso al costado, dejando el campo libre al libertador de Colombia, Venezuela y Ecuador. Convertido a partir de ese momento en el dueño absoluto de la situación, le tocaría entonces a Bolívar acabar con la empecinada resistencia española en el Perú. Con ese propósito, Antonio José de Sucre –el joven y brillante lugarteniente de Bolívar- llegó a Lima a mediados de 1823 y se dedicó a organizar un ejército capaz de terminar con el enemigo. Un año más tarde, el 6 de agosto de 1824, ese ejército comandado por Bolívar e integrado por efectivos colombianos, chilenos, peruanos y argentinos que habían revistado bajo las órdenes de San Martín venció a los realistas en la memorable batalla de Junín. Los vencidos, aunque visiblemente golpeados, lograron salvar parte de sus fuerzas y se retiraron hacia la ciudad de Cuzco, donde estaba el ex virrey De la Serna con tropas de refuerzo. Luego de la batalla, Bolívar regresó a Lima en tanto que Sucre persiguió al enemigo para darle la estocada final.

La batalla
El encontronazo decisivo se produjo a las 11 del 9 de diciembre de 1824, cerca de Cuzco y en medio de las montañas. En los campos de Ayacucho, Sucre, al mando de seis mil hombres enfrentó a los más de nueve mil efectivos españoles que aún comandaba el general Canterac. Tras las primeras escaramuzas, las acciones se inclinaron rápidamente a favor del bando patriota. El encarnizado combate duró hasta la una de la tarde y resultó una victoria completa: los españoles sufrieron dos mil bajas y otros tantos prisioneros –entre ellos el Virrey-, perdieron todo el parque de artillería, armas y bagajes. La capitulación se concertó allí mismo, en medio del campo de batalla, y significó el pleno reconocimiento de la independencia del Perú y la desocupación de todos los territorios que se hallaban en posesión de la corona española. Exultante, esa misma noche Sucre le escribió a Bolívar, su jefe y amigo, diciéndole que: “...Los últimos restos del poder español en América han expirado en este campo afortunado...”. El mensaje le llegó al Libertador nueve días más tarde, cuando éste se hallaba en medio de una comida. Eufórico, Bolívar se trepó a la mesa y, visiblemente excitado, invitó a los presentes a brindar en honor de Sucre y del ejército vencedor. No era para menos: la larga guerra con el español había terminado felizmente. La noticia del triunfo patriota llegó a Buenos Aires el 21 de enero de 1825, y fue festejada con repiques de campanas, salvas, música, fuegos artificiales e iluminaciones. Comenzaba en América un nuevo tiempo.

Consecuencias políticas
Posiblemente la victoria final haya llegado antes de lo previsto, o al menos no se tenía demasiado claro qué hacer luego de terminar con el poderío español, especialmente con los territorios pertenecientes al Alto Perú. Esa región había sido encarnizadamente disputada palmo a palmo por el gobierno de Buenos Aires con suerte diversa. El Alto Perú fue el escenario de sucesivas campañas del llamado Ejército del Norte, comandado entre otros por Balcarce, Belgrano y Rondeau. Allí se libraron los memorables combates de Suipacha, Huaqui, Vilcapugio y Ayohúma, hasta que en 1815 la derrota de Sipe-Sipe liquidó las aspiraciones de anexar el Alto Perú a las Provincias Unidas. A 10 años de la última incursión armada, la Argentina –inmersa en un estado de división interna y luchas intestinas- no había adoptado ninguna provisión dirigida a reivindicar para sí el Alto Perú y se limitó a convalidar lo actuado por los vencedores. El propio Sucre, poco después de la victoria de Ayacucho confesó que no tenía instrucciones precisas de Bolívar sobre la política a seguir con los territorios que antaño habían pertenecido al virreinato del Río de la Plata. En realidad cabían tres posibilidades: la primera, que esas provincias volvieran a formar parte del Río de la Plata, como lo habían sido antiguamente. Al respecto, el vicepresidente de Colombia, general Paula de Santander, cerró ese camino al afirmar que “entregar el Alto Perú al Río de la Plata es entregarlo a la anarquía”. La segunda posibilidad –la que al parecer prefería Bolívar- era que la región siguiera anexada al Perú, como lo estaba de hecho; y la tercera, la que acariciaban las autoridades locales, era declararse soberanos y constituir una nueva República. Bolívar permaneció en silencio, consciente de que se trataba de un asunto que podía generar resquemores con los países hermanos. Sin embargo, Sucre siguió adelante, entró en La Paz y el 9 de febrero de 1825 convocó a un congreso que declaró la soberanía del Alto Perú y fundó la nueva república. Posteriormente, el 6 de agosto del mismo año –en el primer aniversario de la batalla de Junín- se firmó el acta de la independencia. Ante los hechos consumados, pocos días después, Bolívar hizo su entrada triunfal en La Paz y –aunque no del todo conforme con la decisión de Sucre- recibió las mieles del triunfo: en su honor, la nueva nación se llamará Bolivia. Sucre fue su primer presidente constitucional. La suerte había quedado echada. Los españoles perdieron la guerra y abandonaron América, pero la República Argentina no volvería a recuperar los territorios del Alto Perú. Estamos en 1825 y la amenaza es ahora el pretencioso Imperio del Brasil, pero ésa es otra historia.