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Arequito, un botín con tonada
 
Para mediados de 1818 hacía bastante tiempo que el Ejército Auxiliar del Perú se había replegado, dejando la custodia de la frontera norte en manos de los valerosos gauchos salteños. Desde entonces, Güemes y su gente se habían convertido en una barrera inexpugnable para los españoles que controlaban el Alto Perú, pero en caso de que fueran rebasados, en Tucumán estaban acantonadas las tropas de Belgrano cuidándoles las espaldas. En ese tiempo los hombres de Buenos Aires habían vuelto su mirada hacia el litoral, preocupados por la presencia amenazadora del indeseable –para ellos- José Gervasio de Artigas y de los no menos indeseables caudillos locales, Francisco Ramírez y Estanislao López. Así las cosas, en la metrópoli nadie se acordaba del Ejército del Norte. El Directorio se acordó repentinamente de él cuando tomó conciencia de que el brote federal se extendía como una mancha de aceite sobre el territorio de las Provincias Unidas. Entonces le ordenó a Belgrano que bajara con sus tropas a defender al gobierno central. Belgrano, a regañadientes, destacó una módica fuerza de línea al mando de un oficial cordobés: Juan Bautista Bustos. En La Herradura (Río Tercero) se registraron algunas escaramuzas con las montoneras santafesinas de Estanislao López, pero la cosa no pasó a mayores. En previsión de nuevos ataques y urgido por las autoridades porteñas, Belgrano accedió a enviar tropas de refuerzo, esta vez al mando del general Aráoz de Lamadrid. Uno de los escuadrones –el de Dragones- estaba al mando de otro cordobés célebre: José María Paz.

Durante los primeros meses de 1819 se libró una verdadera guerra de guerrillas en el sudeste de Córdoba entre las tropas de línea y los santafesinos, que golpeaban e inmediatamente se replegaban hacia su propio territorio. La división interna se profundizaba día a día. “Nadie se acordaba de los ejércitos españoles que amenazaban por diferentes puntos”, se lamentaba Paz en sus Memorias. Finalmente, en el mes de marzo, el general Belgrano y el resto del Ejército del Norte bajaron a Córdoba, dejando peligrosamente desguarnecida la provincia de Salta.

En esas circunstancias se pactó un armisticio entre las partes, durante cuyo transcurso, el Congreso Constituyente -que para entonces se había trasladado a Buenos Aires- sancionó una constitución de neto corte centralista., que encendió aún más el encono federal. Temerosos de que los caudillos del litoral pudieran doblegar las fuerzas de Belgrano, los mandamases de Buenos Aires insistieron sin éxito para que San Martín enviase parte del Ejército de los Andes en su auxilio. El Libertador estaba del otro lado de la cordillera de Los Andes preparando el asalto a Lima, y no tenía la menor intención de desenvainar su espada para luchar contra sus compatriotas.

 “Si el general San Martín hubiese obrado como el general Belgrano, pierde también su ejército y no hubiera hecho la gloriosa campaña de Lima, que ha inmortalizado su nombre”, profetizó José María Paz en las citadas Memorias. Felizmente San Martín siguió su camino.

A fines de 1819, el Ejército del Norte –que había acampado en el Pilar, a escasas nueve leguas de la ciudad de Córdoba- se movió hacia el sur. Belgrano, enfermo, retornó a Tucumán. La precaria tregua con los belicosos santafesinos se había acabado y las hostilidades se reanudaron. Los hombres marchaban sin convencimiento: no deseaban enfrentar a sus propios hermanos en defensa de un gobierno que no sentían como propio. Los oficiales murmuraban todo el tiempo. Se percibía en el ambiente que algo muy serio se estaba incubando.

Un enero caliente
En los primeros días del año 1820, en medio de continuas deserciones que minaban la moral de la fuerza, el grueso del ejército traspuso el límite interprovincial y se internó en territorio santafesino, rumbo a San Nicolás, donde se reuniría con las fuerzas del Directorio para atacar a López. El 7 de enero las tropas acamparon en la Posta de Arequito. Los rumores de motín eran ya ensordecedores y se confirmaron al día siguiente. El 8 de enero, la oficialidad y los soldados despojaron del mando al general Francisco Fernández de la Cruz, confiriéndoselo al coronel mayor Juan Bautista Bustos. El manco Paz también se plegó al movimiento, lo mismo que otros oficiales notables, como Alejandro Heredia y Felipe Ibarra. Lo primero que hizo Bustos fue cursar una amigable carta a Estanislao López poniendo punto final a los enfrentamientos e inmediatamente puso proa hacia la ciudad de Córdoba. Una vez allí le escribió a Martín Miguel de Güemes: “Las facciones que se han alternado en Buenos Aires desde 1810 se creyeron todas sucesores legítimos del trono español respecto de nosotros, y con un derecho ilimitado para mandarnos sin escuchar jamás nuestra voluntad”. Como se ve, Bustos era un federal neto. 

Consecuencias políticas
El Ejército del Norte se desmembró. Buena parte de él se replegó hacia la ciudad de Córdoba, donde el gobernador – intendente Manuel Antonio Castro abandonó el poder. En su reemplazo fue elegido popularmente el coronel José Javier Díaz, quien ocupó el cargo hasta que el propio Bustos se hizo cargo de la gobernación. José María Paz prefirió dar un paso al costado, al menos por algún tiempo. La dispersión del ejército regular dejó a Buenos Aires desprotegida y a merced de sus enemigos. En un gesto desesperado, José Rondeau, el último Director Supremo, salió al cruce de las montoneras de Ramírez y López, pero fue vencido en la batalla de Cepeda el 1 de febrero de 1820.

Ese día desapareció el gobierno central. Nacía el tiempo de los caudillos y Córdoba tendría el suyo, pero esa es otra historia...