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  COLABORACIONES     por Reyna Carranza
Más allá del bien... y del mal
 
Boulogne Sur Mer, Francia, 17 de agosto de 1850. Uno de los primeros en llegar a la casa fue el abogado cordobés Félix Frías. En silencio se dirigió al dormitorio donde velaban a José de San Martín y se quedó contemplándolo, emocionado. Notó que el semblante del ilustre General mostraba un aspecto noble y sereno. Merceditas, su hija, le había colocado sobre el pecho un crucifijo. Había otro en una mesa entre velas encendidas. Dos hermanas de caridad, arrodilladas, rezaban junto al lecho. Frías habló después con Mariano Balcarce, el yerno. ¿A qué hora ocurrió? A las tres de la tarde, fue la respuesta, y mire usted qué coincidencia, justo a esa hora se paró el reloj de la sala, y añadió, pasó lo mismo con el reloj de bolsillo del General. Cosa rara, musitó Frías. En eso llegaron los empleados de las pompas fúnebres para colocar el cuerpo en el féretro. Mientras lo hacían, como si fuera un homenaje tributado al guerrero, se oyó el redoble de un tambor frente a la casa. Era la Guardia de Boulogne que desfilaba por la calle. Otra casualidad, exclamó Balcarce impresionado, es como si esos soldados hubieran adivinado que debían rendir honores a uno de los más grandes capitanes de América. A las seis de la mañana del día siguiente, el coche fúnebre se detuvo ante la casa. En los ángulos superiores de la carroza cuatro faroles encendidos, envueltos en crespón negro, despedían triste claridad en medio de esa madrugada. Seis hombres enlutados con capotes oscuros, se situaron en torno al carruaje que se puso en marcha al paso lento de los caballos. A pie, hasta la iglesia de San Nicolás, formaron el séquito Balcarce, el gran amigo francés del General, monsieur Darthez, el representante de Chile y algunos pocos amigos y vecinos enterados de que Don José había muerto. Terminado el oficio religioso tomaron la ruta de la Catedral; en su cripta depositaron el féretro. Frías no pudo menos que exclamar: "28 años en voluntario destierro, sin emitir jamás una queja, a pesar de que la calumnia y la ingratitud más de una vez vinieron a herirlo". "Hombre admirable –acotó Balcarce–, y se lo dice alguien que pasó una vida a su lado". Pronto, la prensa del mundo se hizo eco de la pérdida, y echó a volar hacia todos los rumbos la gloria de sus acciones. Recién 30 años más tarde, cuando por fin los argentinos dejaron de guerrear entre sí, después de haber regado más de medio siglo de historia con su sangre, se dispuso la repatriación de sus restos. El barco de guerra Villarino, que se acababa de construir en Londres para la escuadra argentina, fue el encargado de recoger sus cenizas en El Havre, y devolverlas a la patria previa escala en Montevideo, a pedido del gobierno uruguayo, que solicitó rendirle honores. Desde el instante en que el buque fondeó en ese puerto, se empezó a oír el estampido del cañón que cada cuarto de hora resonaba desde las baterías del Cerro. Por las calles que suben hasta la Catedral se aglomeró un inmenso gentío para ver pasar la cureña, custodiada por cadetes argentinos. El Villarino llegó a Buenos Aires el 28 de mayo de 1880, escoltado por dos cañoneras y dos acorazados. Envuelto con las banderas de América, el ataúd tocó tierra. En multitudinaria procesión el pueblo acompañó la carroza, primero hasta la plaza San Martín, para escuchar delante de la estatua del prócer, el discurso del presidente de la República, Nicolás Avellaneda. "La obra de la glorificación está completa –dijo–. Ved la estatua del primer soldado de la América montado sobre el caballo de batalla que mayor distancia haya recorrido en la tierra después del de Alejandro... Sus despojos mortales vienen de lejanas regiones, conducidos por la gratitud de su pueblo. Están cubiertos, no con el paño del sepulcro, sino con la bandera que su brazo tremoló victoriosa en los Andes, hoy sudario de su gloria". Luego, el cortejo acompañó hasta la Catedral, su definitiva sepultura. Tiraban la brida de los caballos sargentos de todas las armas, cuyos cordones empuñaban los más altos miembros del Gobierno y del Ejército, y también los últimos guerreros de la Independencia que quedaban vivos. Mientras, desde todos los balcones caía una lluvia de flores. Así llegaron a su descanso final los restos del Libertador de la América del Sur. Figuras alegóricas de Argentina, Chile y Perú, guardan su sueño. Descendientes de aquellos granaderos inmortales, montan guardia permanente delante de su sepulcro.